Tag Archive for 'valverde'

EDAD MEDIA

EDAD MEDIA
Después del surgimiento de la filosofía helénica, donde se buscaba el
conocimiento del mundo por sí mismo y desde sí mismo, el gran cambio de
pensamiento se da hacia el fin del Imperio Romano cuando el conocimiento del
mundo es teologizado, mediatizado por la tradición bíblica y la interpretación
de las relaciones entre el universo creado y su creador. Continue reading ‘EDAD MEDIA’

ANTIGÜEDAD CLÁSICA

ANTIGÜEDAD CLÁSICA
Una de las hipótesis de la posibilidad del nacimiento de las ideas
filosóficas y del pensar teórico en general es que se encontraría en la ausencia
de una clase sacerdotal depositaria de escritos sagrados que impidieran la libre
búsqueda de respuestas mediante la reflexión personal, favorecida por el marco
político de la ciudad-Estado griega, lo que equivale a decir, vivir bajo la ley y
no bajo la voluntad de un rey (Valverde 2000: 36). El origen de la filosofía, ya
con los presocráticos, es el asombro del hombre ante los fenómenos de la
naturaleza. Los griegos fueron tal vez los primeros en contemplar el mundo
como un interrogante a responder y mediante esta postura desarrollaron una
tradición dinámica de pensamiento crítico (Tarnas 1997: 79). Los filósofos
presocráticos buscaban el principio de la transformación de la naturaleza, una
4 Las lecturas básicas para la composición de esta síntesis son citadas en el texto.
cuestión que con el tiempo se mostró sin salida, y que fue abandonada por los
sofistas para tratar del hombre en sí y el sentido de su propia vida. En Atenas se
establecía entonces una vida democrática propicia para tal pensamiento, en
donde el dominio de la palabra era esencial para el progreso personal. A causa
de dos reformas políticas en Atenas, la de Clístenes, 450 a.C., y la de Efialtes,
462 a.C., todos los ciudadanos, en principio, podrían participar de asambleas,
votar en cuestiones públicas, candidatarse a cargos políticos, actuar en oficios
administrativos, entablar juicio contra alguien, etc. Sin embargo, cada
ciudadano involucrado en un proceso jurídico debía defender su propia causa,
dado que no había abogados en el sentido moderno. El jurado consistía en más
de 200 miembros, y era muy importante poseer elocuencia y facilidad de hablar
en público. Posteriormente aparecen los logographoi, escritores de discursos y
consejeros que, mediante pago, instruían a sus clientes sobre procedimentos
para su defensa y escribían sus discursos. “In principio erat Verbum” (Jo. 1,1),
y desde el principio concurrieron la filosofía y la retórica en la formación del
hombre griego.
La necesidad de hablar bien en público, un hecho muy anterior a la
irrupción de los sofistas, impulsó el surgimiento de la retórica, originada,
sistemáticamente5, en Asia Menor a principios del siglo VI a.C. con los
filósofos presocráticos. En un principio, se hizo hincapié más en la palabra
hablada que en la escrita, y la retórica se desarrolló en tres formas de discursos,
posteriormente sancionados por Aristóteles (Retórica, I, 1358b, 3.1.): los
‘judiciales’, de que se servían los abogados para hablar ante los jueces, los
‘deliberativos’, para hablar ante una asamblea pública, y los ‘epidécticos’, para
demostrar al público el dominio del género. Corace, discípulo de Empédocles
(siglo V a.C.) y retórico de Sicilia, estableció las cinco grandes partes de la
5 Luisa López Grigera (1994: 134) recuerda lo que ya otros especialistas habían expuesto sobre la
existencia de una ‘retórica primaria’ no formulada, “pero presente tanto en los textos homéricos como
en la Biblia”, anterior a la ‘sistematización’ filosófica.
oratio que formarán durante siglos el plan del discurso oratorio: 1) exordio, 2)
narración o acción, 3) argumentación o prueba, 4) digresión, 5) epílogo
(Barthes 1970: 176). Ya con los sofistas, la enseñanza de la retórica involucró
distintas materias como la gramática, la lógica, la ética y la crítica literaria, y su
influencia alcanzó a todos los géneros literarios y escritores de la Antigüedad,
que hoy tenemos por clásicos, de Sófocles a Polibio, de la tragedia a la historia,
de Plauto a San Agustín, de la comedia a la filosofía y teología. Ella tuvo, por
cierto, sus críticos y opositores, como Platón, Epicuro, Critolao y Sexto
Empírico (Kristeller 1993).
La enseñanza de la retórica practicada por los sofistas no se conservó en
tanto que un conjunto de principios – lo que podría mejor caracterizarlos –, no
obstante, se conocen dos líneas metodológicas distintas que eran seguidas por
ellos: la de Protágoras (ca. 490 – ca. 400 a.C.) y la de Gorgias (ca. 485 – ca.
376 a.C.). Ambos sostenían que la opinión, doxa, es la única guía para la
acción, y rechazaban la ‘verdad’ y la tradición en cuanto patrón para el buen
comportamiento. Pero presentan diferencias relativas a la retórica, a partir de
las cuales se puede comprender mejor las posiciones de Platón, Aristóteles e
Isócrates. Para Gorgias, la retórica era una transacción unilateral entre un
orador activo y una audiencia pasiva, lo que producía una relación ‘asimétrica’
entre orador y audiencia. Para Protágoras, en cambio, era una transacción
bilateral, en que los dos lados participaban para llegar a una resolución,
creando una relación ‘simétrica’. Para el primero, la persuasión es una cuestión
de estímulo y respuesta, ‘comportamiento’; para el otro, la controversia y el
debate es la única alternativa para la fuerza y el engaño, ‘pragmática’ (Conley
1990: 4-7).
Los sofistas asumieron el papel de ‘profesores’ de retórica, enseñando a
los atenienses el arte de la oratoria, donde lo que importaba no era la veracidad
del enunciado, sino la persuasión, admitiendo la validad de la opinión, doxa, y
de la percepción sensorial. Concluyeron que el hombre no puede conocer el
ser, sino sólo tener opiniones subjetivas de la realidad, que la verdad es
‘relativa’, luego, una cuestión de opinión y persuasión. De ahí la importancia
del lenguaje para persuadir y crear ‘verdades’.
Es interesante observar, como hizo Barthes, que es con Gorgias cuando
la prosa empieza a adquirir un status de ‘literatura’, al pasarla por el código de
la retórica. Hasta entonces, la única literatura era la poesía. Aunque tomando
prestados elementos de la poética, Gorgias habría producido una prosa con
palabras de igual consonancia, simetría de frases, refuerzo de antítesis por
medio de asonancias, metáforas y aliteraciones (1970: 176). Su estilo tendría
influenciado a Tucídides e Isócrates (Yonah 1993: 174). Con Gorgias, también
se da el ascenso de la elocutio. El arte retórica presenta grosso modo dos polos:
uno, sintagmático, del que participa el orden de las partes del discurso, la
dispositio; otro, paradigmático, con las ‘figuras’ retóricas, la elocutio. Corace
propuso una retórica puramente sintagmática; Gorgias, al plantear el trabajo
con las ‘figuras’ retóricas, le ofrece una perspectiva paradigmática; abre la
prosa a la retórica, y la retórica a la ‘estilística’ (Barthes 1970: 176).
Los sofistas fueron duramente criticados por Sócrates (ca. 469-399 a.C.),
quien, a su vez, también fue considerado un sofista por Aristófanes (ca. 450
a.C.) en Las nubes (423 a.C.). Sin embargo, con Sócrates empieza la plenitud
de la historia del pensamiento occidental. La cuestión de Sócrates, según Platón
(ca. 428-347 a.C.), es la búsqueda de la verdad: ¿qué es el hombre y qué es la
justicia?; ¿qué es el saber y cómo llegar a él? El Sócrates de Platón enseña que
la retórica no tiene nada a ver con la justicia o la virtud. La retórica que
Sócrates describe quiere ser un arte (techné) verdadero, que involucra el
conocimiento de la verdad, de las formas del discurso y de los tipos de almas
correspondientes, porque el verdadero retórico adapta su discurso a los tipos de
almas a que se dirige (Conley 1990: 12). El método de Sócrates es el diálogo,
que extrae del interlocutor la verdad adormecida en él.
Le mode fondamental du discours est le dialogue entre le
maître et l’élève, unis par l’amour inspiré. Penser en commun,
telle pourrait être la devise de la dialectique. La rhétorique est
un dialogue d’amour (Barthes 1970: 177).
Para Sócrates-Platón, hay una verdad eterna, inmutable y exterior al
hombre. El intelecto, ejercitado por el diálogo, posibilita el redescubrimiento,
el recuerdo de la verdad, ya una vez conocida por el alma antes de su
encarcelamiento en un cuerpo físico. Sócrates considera las opiniones, las
percepciones sensoriales o imágenes de las cosas como fuente de errores,
mentiras y falsedades que desvían del camino hacia el conocimiento de la
verdad. Los sentidos no nos dan más que las apariencias de las cosas, y las
palabras, opiniones sobre las cosas. Para conocer es necesario pasar de las
apariencias a las esencias, de las opiniones a los conceptos. Sócrates rompe la
unidad entre el pensamiento y la palabra activa, atribuyendo a la elocuencia la
sospecha de inmoralidad (Fumaroli 1980: 49).
Si con Platón la cultura occidental
se pone en pie y asume el rango con que llega al día de hoy,
[…] cabe ver en Aristóteles un paso más arriba en la
abstracción y depuración del pensamiento, el paso definitivo y
último en el proceso en que la mente humana se va asomando
al horizonte total de su máximo alcance y su mínima
concreción: la unidad última de lo pensable, a costa de no
pensar ya nada determinado (Valverde 2000: 47; 51).
A pesar de que Aristóteles (384-322 a.C.) estuvo veinte años en contacto
con Platón y sufrió cierta influencia en su formación intelectual, el Estagirita
difiere de su maestro en varias cuestiones fundamentales. Entre ellas, la relativa
a la constitución del conocimiento. A diferencia de Platón, para quien el
conocimiento equivale a la comprensión de las esencias inmutables, las ‘ideas’,
para Aristóteles, el conocimiento presenta una variedad de clases y niveles,
como la experiencia, el conocimiento de los universales y el de las causas,
pudiendo ser diferenciado entre ‘teórico’, ‘práctico’ y ‘productivo’. Incluso su
concepción de ‘arte’ difiere de la de Platón al entenderla como la combinación
de dos conocimientos: experiencia y conocimiento de las causas.
Consecuentemente también su comprensión de la relación entre retórica y
dialéctica será distinta. Para Aristóteles ambas son artes verbales universales,
no limitadas a ningún asunto específico. Los argumentos de la dialéctica se
diferencian de los de la retórica porque en aquella derivan de premisas
fundadas en opiniones universales y en la retórica, de opiniones particulares. La
sofística difiere de las dos ante todo por la manipulación de las palabras
(Conley 1990: 14).
Aristóteles expone su concepción de la retórica en varias obras,
desarrollando un gran sistema retórico. Pero la obra más significativa es la
Retórica, donde trata fundamentalmente de la argumentación, persuasión y
cuestiones de estilo. Ahí, la define no como el arte de la persuasión sino como
“la facultad de teorizar lo que es adecuado en cada caso para convencer”
(Retórica, I, 2, 1355b 25). Uno es persuadido cuando está convencido de algo
que fue demostrado. Persuasión es un tipo de demostración relativa a
cuestiones eventuales basadas en probabilidades, en cosas que acontecen
normalmente. La retórica es la contraparte de la dialéctica, y como en esta los
instrumentos de demostración son el silogismo y la inducción, en la retórica,
son el enthymema, silogismo retórico, y el ejemplo (Conley 1999: 14-15). Sin
entrar en la presentación de la larga estructura de su sistema retórico, vale aquí
recordar los tipos de persuasión que establece Aristóteles y que serán
retomados en el Renacimiento. Hay tres tipos de persuasión: ethos, que surge
de las cualidades personales del orador; pathos, que surge de la disposición de
la audiencia respecto al orador y al asunto en cuestión; y logos, las pruebas
lógicas dependientes del argumento (Murphy 1974: 4). Estos tres tipos de
persuasión corresponden a las tres partes de su Retórica: el libro I es el libro
del orador, del emisor del mensaje; trata principalmente de la concepción de los
argumentos en cuanto dependientes del orador y de su adaptación al público
según los tres géneros reconocidos de discursos. El libro II es el libro del
público, del receptor del mensaje; trata de las emociones y de la recepción de
los argumentos. El libro III es el libro del mensaje mismo; trata de la elocutio o
lexis, de las ‘figuras’, y de la dispositio o taxis, del orden de las partes del
discurso (Barthes 1970: 179).
Según Barthes, la retórica aristotélica se define por la oposición de dos
sistemas, de dos technai autónomas: el retórico y el poético. Aristóteles
escribió dos tratados concernientes, pero distintos, a los hechos del discurso:
Retórica, Techné rhétoriké, y Poética, Techné poiétiké. El primero trata de un
arte de la comunicación cotidiana, del discurso en público, y objetiva reglar la
progresión del discurso de idea en idea; el segundo trata de un arte de la
evocación imaginaria, y cuida de la progresión de la obra de imagen en imagen.
La retórica aristotélica acaba cuando esta oposición se neutraliza, cuando
retórica y poética se fusionan. Y esto empieza a ocurrir con Ovidio y Horacio,
para consagrarse en la Edad Media, donde las artes poéticas son las artes
retóricas. Una fusión capital porque es la base de la literatura (1970: 178-179).
Aristóteles critica a los sofistas por ignorar el silogismo retórico y por
intentar hacer a la retórica pasar por política; no es política, aunque mantenga
fuertes vínculos con la ética y, por tanto, con la política. Para Aristóteles, la
retórica pertenece más al campo de la filosofía que de la política, y es propio
del filósofo interesarse más en determinar la situación de la retórica en cuanto
una investigación sistemática sobre cómo discernir lo adecuado para persuadir
que resolver problemas complejos, urgentes, reales.
La Retórica de Aristóteles es considerada uno de los tratados retóricos
más importantes que han llegado hasta la actualidad, a pesar de no haber
ejercido gran influencia sobre los retóricos hasta el Renacimiento, al menos no
en la misma medida en que lo hizo Isócrates. Sin embargo, para Aristóteles,
Isócrates no pasaba de un sofista.
Isócrates (436-338 a.C.), igual que Protágoras y Gorgias, creía que el
conocimiento humano es limitado y que es imposible conocer la conducta
correcta de una acción. Se posicionaba en contra del filosofar de los socráticos
y los cínicos de su tiempo, considerándolo especulación infundada y vana, y
pregonaba que era mejor formar opiniones probables sobre cosas útiles que
tener un conocimiento exacto sobre cosas inútiles. Se oponía también a
Aristóteles, a quien llamaba de ‘filosofador’, cuya postura apolítica contribuiría
a la incapacidad de los políticos para tratar efectivamente de los problemas que
enfrentaba la ciudad. También condenaba a los sofistas, a los que atribuía
responsabilidad por la mala reputación de la retórica (Conley 1990: 18).
Propietario de una escuela de retórica en Atenas en la misma época en
que Aristóteles dirigía el Liceo, no escribió ningún tratado sobre retórica. Su
pensamiento sobre la naturaleza y función de este arte se encuentran a lo largo
de su obra literaria, de la que se conocen veintiún discursos y nueve cartas, en
donde trató también de problemas sociales, políticos y económicos de Grecia.
Dueño de una prosa “altamente elaborada y rítmica”, pretendía ofrecer un
modelo de elocuencia que consideraba fundamental en la dirección de asuntos
públicos. Si, para Aristóteles, la política debería ser gobernada por la razón,
para Isócrates, debería ser guiada por la elocuencia. Para este, la implicación de
la retórica con la política es total. Sólo la elocuencia del hombre bueno
habilitado en el hablar podría salvar a Grecia de sus problemas políticos y
sociales. Isócrates defendía la unión de la habilidad técnica y la moralidad;
combinaba retórica, ética y actuación política (Conley 1990: 18). La
familiaridad con los modelos y temas nobles, y un sentido de conveniencia, de
la palabra correcta en el momento exacto ayudarían al orador no sólo en la
composición artística del discurso sino también en la justificación correcta y en
el buen pensar. La habilidad de hablar bien sería la señal más cierta del buen
entendimiento. Hablar bien y pensar bien no pueden ser disociados.
Las retóricas que hemos comentado hasta aquí – sofistas, Platón,
Aristóteles e Isócrates – constituyen cuatro distintos modelos a partir de los
cuales, plantea Conley, se podría ver grosso modo la historia de la retórica
occidental como la historia de la elaboración y rearticulación de la naturaleza y
función del discurso persuasivo a través de los tiempos. Desde Homero, la
literatura griega muestra una preocupación virtual con el papel del discurso en
la solución de problemas públicos. Las distintas retóricas definidas y
desarrolladas por los griegos pueden ser vistas como respuestas a condiciones
políticas y teniendo implicaciones en instituciones políticas. Pese a sus
diferencias, todas ellas abarcan las mismas cuestiones: la autoridad, el derecho,
el poder y la posición de la persuasión en asuntos públicos. La retórica
gorgiánica podría ser caracterizada como “motivística” por su fuerte relación
con la manipulación de la audiencia; la retórica protagórica-isocrática podría
ser llamada “controvérsica” por buscar el consenso mediante el debate y la
elocuencia; la retórica platónica sería la “dialéctica”, entendiendo dialéctica
como medio para llegar a la verdad y como método para su concreta
comunicación; la retórica aristotélica puede ser nombrada “problemática”, una
vez que “lo que es adecuado para convencer” varía según la naturaleza de los
problemas (1990: 23-24). Mientras que el período Clásico no presenta ninguna
concepción de retórica que puede ser llamada típica o dominante, la historia de
la retórica en la Grecia helenística y en el mundo romano es, según Conley, la
historia de la continua influencia de Isócrates. El ideal del hombre de estadoorador
y el precepto de la elocuencia como la clave para la salvación social,
defendidos por Isócrates, continuarán ocupando la imaginación de filósofos y
retóricos en los siglos siguientes y resurgirán como una filosofía política en su
rearticulación por Cicerón.