ANTIGÜEDAD CLÁSICA 2

Estos cuatro modelos de concepción de la retórica representan al menos
dos aspectos claros del pensamiento helénico clásico, los cuales sintetiza
Richard Tarnas, en La pasión del pensamiento occidental (1997), en dos
conjuntos de principios, en parte complementarios y en parte antitéticos, que
caracterizan el pensamiento occidental: por un lado, la comprensión de un
cosmos soberanamente ordenado, expresión de una inteligencia superior, en
que el mundo visible es portador de un significado más profundo en su interior,
emanado de una dimensión eterna que es fuente y meta de toda la existencia.
Por otro lado, la concepción de un universo impredeciblemente abierto, en
donde el auténtico conocimiento humano sólo puede obtenerse a través del
empleo riguroso de la razón humana y de la observación empírica; el
fundamento de la verdad está en el mundo presente de la experiencia humana,
no en una indemostrable realidad ultramundana; las causas de los fenómenos
naturales son impersonales y físicas; y el conocimiento humano es relativo y
falible (1997: 79-81).
El legado de Aristóteles, el mayor filósofo de la Antigüedad, fue
predominantemente lógico, empirista y de ciencia natural. Sin embargo, las
cuatro grandes escuelas filosóficas que surgen después – epicureísmo,
estoicismo, escepticismo y neoplatonismo – ya no manifiestan gran interés por
el cosmos y por la lógica. Su principal cuestión gira en torno a ¿cuál la mejor
forma de vivir? Este cambio de perspectiva e interés se encuadra dentro de una
nueva realidad histórico-social: la rápida expansión del imperio de Alejandro
Magno, el hundimiento de la ciudad-Estado democrática, la profesionalización
de las guerras, la ruptura de la economia, la divinización de las dinastías, el
despotismo, etc. El neoplatonismo, surgido ya en el ocaso del Imperio romano
y cuyo mayor representante es Plotino (205-270) – “la cumbre terminal de la
mente helenística” –, será el responsable por la forma sui generis bajo la cual
Platón tendrá más impacto en la posteridad y seducirá a muchos pensadores
cristianos (Valverde 2000: 60-74).
Cuando el Imperio alejandrino es reemplazado por el romano – analiza
Valverde –, las filosofías helenistas continúan prevaleciendo entre los romanos,
de modo derivado y eclético, con gran predominio del estoicismo. Sin
embargo, el contexto es distinto, por lo que se altera su sentido y disminuye su
papel, ocultándose en consideraciones morales. La gran expresión mental de
Roma, sujeta a la realidad de la vida civil, es el derecho. Y si no supo elevarse
a más alta abstracción que la jurídica no fue por incapacidad, sino por su
realidad político-social de Imperio. La verdadera filosofía romana es la
regulación de la convivencia y las actividades (2000: 68;71). No obstante,
hubo otras expresiones del pensamiento romano que contribuyeron
significativamente a la formación de lo que hoy día llamamos cultura clásica:
Bajo la influencia de los grandes maestros griegos, Cicerón,
Virgilio, Horacio y Tito Livio llevaron la lengua latina a una
elocuente madurez. La paideia griega renació en la humanitas
(traducción a la lengua latina hecha por Cicerón) de la
aristocracia romana, esto es, la educación liberal fundada en los
clásicos. La mitología griega se combinó con la romana, se
preservó en esta última y pasó a la posteridad occidental a
través de las obras de Ovidio y de Virgilio (Tarnas 1997: 97).
Las conquistas de Alejandro Magno conllevaron la helenización de una
vastísima región. Y un rasgo de la imposición cultural fue el desarrollo de un
sistema de educación según el patrón de la enkyklios paideia, que consistía en
la adquisición de una cultura general, ‘enciclo-pédica’. Ésta englobaba la
enseñanza de la gramática, retórica, lógica, aritmética, geometría, música y
astronomía y en ella una parte importante estaba dedicada a la gramática y la
retórica. El estudio de la gramática incluía una especie de crítica literaria – eran
leídos e interpretados los clásicos de la literatura griega –, ortografía, sintaxis y
composición. El estudio de la retórica se centraba en el análisis de este arte en
sus cinco partes: inuentio, dispositio, elocutio, memoria y pronuntiatio.
Semejantemente, se enseñaba que el discurso se dividía en cuatro (o cinco o
seis) partes – los teóricos nunca llegaron a un acuerdo a respecto – : exordium,
narratio, confirmatio, y peroratio (Lausberg 1999: 238-239). Estas
clasificaciones se mantuvieron hasta el siglo XVIII. A título de claridad – la
encarecida perspicuitas –, hacemos una digresión y presentamos sucintamente
una definición de cada una de las partes de la retórica6, una vez que su
ocurrencia en este trabajo será frecuente.
La primera parte de un tratado retórico era dedicada a la inuentio,
euresis, cuyo objetivo era inuenire quid dicas, encontrar qué decir. La inuentio
es más un descubrimiento que una invención de argumentos: todo ya existe,
solamente es necesario reencontrarlo. Es una noción más ‘extractiva’ que
‘creativa’ (Barthes 1970: 198); es la fase de la concepción. Hay que encontrar
el tema y los argumentos adecuados a él. Según Aristóteles, los argumentos
pueden ser de dos tipos: el ejemplo y el enthymema. El ejemplo es un hecho
real o ficticio que permite la inducción y el razonamiento por analogía. El
enthymema es una deducción, una especie de silogismo ‘suave’, pues sus
premisas no son evidentes, sino verosímiles. La teoría retórica desarrolló un
campo propio concerniente a la argumentatio, llamado ‘tópica’ (de topoi, loci,
‘lugares’), que consiste en fórmulas apropiadas de investigación y búsqueda de
las ideas que interesan. Un ‘lugar’ es cualquier elemento que pueda servir como
argumento. Hay ‘lugares’ extrínsecos e intrínsecos, o sea, elementos
presentados por el orador pero que no son creación suya, y los que son
elaborados por él. La función de los argumentos es persuadir y conmover.
La dispositio, taxis, es la segunda fase del proceso elaborativo y es
colocada detrás de la inuentio, pero no se trata de una separación temporal
entre las dos. Ambas están estrechamente vinculadas entre sí. Dispositio es el
orden o disposición de las ideas y pensamientos encontrados mediante la
6 Dos textos básicos para la comprensión de las partes de la retórica son el de Heinrich Lausberg,
Manual de retórica literaria, más formal, y el de Roland Barthes, L’ancienne rhétorique, más analítico.
Vide bibliografía.
inuentio; es el arreglo de las grandes partes del discurso. Las cuatro partes
orationis, según Aristóteles, son: 1) exordium o prooimon – comprende dos
momentos: la captatio beneuolentiae, que intenta conquistar la atención del
auditorio y su disponibilidad a dejarse instruir, y la partitio, que anuncia las
divisiones a ser adoptadas, el plan a seguir. El exordium conduce al tema, y,
salvo excepciones, es breve, interesante, sugerente y prudente; 2) narratio o
diegesis – es la exposición de los hechos. Su función es instruir. La narratio
prepara para la argumentatio; debe ser clara, verosímil, breve, directa, sin
digresiones; 3) argumentatio o confirmatio, pistis – es la exposición de los
argumentos, la parte nuclear y decisiva del discurso, ya preparada por el
exordium y la narratio; 4) peroratio o epilogos – es la conclusión del discurso;
tiene dos finalidades, rememorar cosas dichas e influir en los afectos para
disponer el público en sentido favorable de la causa defendida.
La elocutio o lexis, la tercera fase, es la traslación al lenguaje de las
ideas halladas en la inuentio y ordenadas en la dispositio, a la vez que es la
estilización del discurso. “Como la elocutio se refiere a la formulación
lingüística, se halla emparentada con la grammatica” (Lausberg 1999: § 455),
siendo la finalidad de cada una de las artes lo que las distingue. Los preceptos
de la elocutio se clasifican en dos grupos, relativos a las uerba singula, palabras
aisladas, y a las uerba coniuncta, palabras agrupadas en función sintáctica.
Tanto las primeras como las segundas deben cumplir requisitos básicos, a los
que se les conoce como latinitas, perspicuitas, ornatus, aptum y uitia. En la
segunda parte de este capítulo, trataremos más extensamente de la elocutio a
causa de su gran vinculación con la traducción renacentista.
Estas tres primeras partes son las más importantes y las que siempre
alimentaron la retórica, sobre todo la elocutio. Las dos últimas conciernen más
al orador que al discurso; nunca fueron objeto de mayores discusiones, y en
algunos períodos históricos llegaron a ser sacrificadas, dado su menor empleo.
La cuarta parte de la retórica es llamada memoria. Es el principio de
distribución de una multiplicidad de fenómenos con la finalidad de recordarlos
más fácilmente. Su objeto consiste en las ideas, res, y en su formulación por
medio del lenguaje, uerba. La quinta y última parte es la de la pronuntiatio,
actio o hypocrisis. Es la realización del discurso mediante la voz y los gestos
que la acompañan. Es donde el orador se revela también un actor.
Estas cinco operaciones componían la enseñanza de la retórica, que,
como decíamos, formaba parte de la enkyklios paideia; de forma que la retórica
se difundió por todo el mundo helenizado. Al programa retórico según este
esquema patronizado, que ya en siglo II a.C. había incluído análisis de las
partes de la retórica, pertenecían los progymnasmata, ejercicios de composición
y declamación, que eran algo como recetarios de opera minora, de tipos de
texto, que enseñaban como producir una fábula, una narración, una sentencia,
una chria, etc., basados en la observación de los grandes textos clásicos.
No fue poco lo que los griegos escribieron y comentaron sobre la teoría
y la práctica retóricas, además de producir gran número de discursos retóricos y
buenos oradores. Amén de Platón, Aristóteles e Isócrates, en el patrimonio que
sobrevivió a los tiempos se han conservado obras de nombres como Lisias (ca.
450-380 a.C.), Esquines (siglo IV a.C.), Demóstenes (384-322 a.C.), Teofrasto
(371-288 a.C.), Panecio (ca. 185-109 a.C. – sus escritos no se han conservado,
pero sus ideas fueron discutidas por Cicerón en De officiis), Hermágoras (siglo
II a.C. – su pensamiento es conocido a través de Cicerón, Quintiliano y
Hermógenes), Dión de Prusa (ca. 40-113), Arístides (ca. 117-187), Libanio
(314-393), Demetrio (siglo I d.C.), Dionisio de Halicarnaso (siglo I a.C.) y
Longino (siglo I o III d.C.), entre otros. La paideia griega acaba entrando en
Roma, y el programa retórico helenístico encontra su versión latina en la
seudociceroniana Rhetorica ad Herennium y en De inuentione y De oratore de
Cicerón.
A partir del siglo II a.C., los romanos empiezan a tomar contacto con la
retórica y la oratoria griegas – por esta época comienzan a aparecer en Roma
profesores griegos de retórica, un hecho histórico que se repetirá con similar
importancia en la Italia de los humanistas –, y en el siglo siguiente Cicerón
llega a la perfección del modelo de escritor y orador público romano. También
en la retórica, fueron los romanos alumnos de los griegos. Su contribución a
este arte se dio en el lenguaje y en la tradición oratoria nativa, que incluía el
discurso y la oración fúnebre (Kristeller 1993: 292). De las fuentes latinas, De
inuentione, de Cicerón, y Rhetorica ad Herennium (ca. 85 a.C.), de un
contemporáneo suyo, constituyen el primer corpus latino de teoría de la
retórica. Importantes fueron también De oratore, Brutus y Orator, de Cicerón,
Dialogus de oratoribus, de Tácito, y Institutio oratoria, de Quintiliano. Entre
los griegos que destacaron en Roma por sus actividades relativas a la retórica,
se encuentran nombres como Filodemus de Gadara (ca. 110-35 a.C.), Dionisio
de Halicarnaso (siglo I a.C.), Longino (siglo I o III d.C.), Polemón, Herodes
Ático (101-177), Hermógenes de Tarso (ca. 155-225). En general, trataron de
cuestiones sobre cómo la retórica produce sus efectos, y qué influencia ejerce la
ética sobre el orador ideal. Sin embargo, la influencia de estos escritores en
general fue insignificante en el Occidente latino; siguieron siendo leídos en el
Oriente griego. Una de las excepciones fue Hermógenes de Tarso, cuya obra –
sobre todo los Progymnasmata a él atribuidos – dominó en la tradición retórica
occidental conservándose hasta ya bien entrado el siglo XVI. En el mundo
romano, la retórica alcanzó su cima con Cicerón, quien tuvo a profesores de
retórica griegos.
Marcus Tullius Cicero (106-43 a.C.), además de haber sido el orador
más famoso de su tiempo y un político exitoso, fue el mayor proponiente en la
historia de la relación entre retórica y sabiduría. La sabiduría sin la elocuencia
es de poco provecho al Estado; la elocuencia sin sabiduría hace daño. El orador
romano, que sigue la enseñanza de Isócrates; define la retórica en el primer
libro de De inuentione como una rama de la ciencia política que trata de la
elocuencia basándose en reglas artísticas. Por participar de la ciencia política, el
orador debe estudiar filosofía y poseer un amplio conocimiento general de las
acciones humanas (Murphy 1974: 9-10). En De oratore, Cicerón presenta “al
orador como una persona de amplia preparación, y a la retórica y la oratoria
como núcleo de los estudios liberales, que incluían la literatura y estaban
aliados a la filosofía”, renovando el “ideal isocrático de un orador de educación
sólida y filosófica” (Kristeller 1993: 293-294). Ello supone retomar el concepto
isocrático de orador como vir bonus dicendi peritus, hombre bueno habilitado
en el hablar, y comprometido políticamente. El orador debe ser un vir bonus
pues buen discurso y buena moral son inseparables; la palabra es poderosa y
puede ser peligrosa para la ciudad si se la usa sin cuidado. A la concepción de
Isócrates sobre el lugar del orador en la comunidad, añade Cicerón una
dimensión filosófica, el método de la controversia, tomado de filósofos como
Carneades (214-129 a.C.) (Conley 1994: 37). La controversia es un diálogo en
que ambos lados de la cuestión deben ser oídos, lo que crea las condiciones
necesarias para llegar a una decisión y consenso sobre las diferencias; las
formulaciones prácticas o filosóficas son situadas en distintos marcos de
referencia, posibilitando el debate del problema en cuestión y testando sus
probabilidades (Conley 1994: 37). El propio Cicerón se reveló un escritor y
pensador políticamente comprometido, insinuándose como un modelo de
estadista-orador.
Cicerón es asesinado el mismo año en que acaba la República romana.
El cambio de política del Imperio restringió la libertad de los oradores políticos
y judiciales y favoreció el ascenso de la oratoria epidéctica. En el período
imperial se produjo un gran volumen de literatura retórica, en el cual se
encuentran el Dialogus de oratoribus de Tácito y la Institutio oratoria de
Quintiliano. Sin embargo, la influencia de Cicerón continuó siendo sentida
mientras hubo un Imperio latino en el Occidente; no en lo que proponía como
ideal republicano, sino en el ideal del uir bonus dicendi peritus adaptado a las
nuevas circunstancias producidas por nuevas formas de gobierno.
Marcus Fabius Quintilianus (ca. 35-100), natural de Calahorra, reputado
como abogado y profesor de retórica, compuso uno de los mayores compendios
de teorías de retórica, abordado en el contexto de la formación del orador ideal,
dentro de la tradición isocrático-ciceroniana, en la que se ejercita la gramática y
la retórica: el Institutio oratoria, constituido por 12 libros. Esta obra de
Quintiliano es considerada ya en el Renacimiento, tras su descubrimiento
integral por Poggio Bracciolini (1380-1495), como “the most comprehensive
treatment of rhetoric ever composed” (Conley 1990: 112). Su método de
exposición y crítica está basado sobre el método de la controversia. En
consonancia con el pensamiento de Cicerón, para Quintiliano el arte es inútil si
no es aplicado a cuestiones prácticas.
Quintiliano establece una estrecha relación entre gramática y retórica.
Presenta una definición de gramática con dos aspectos: es un arte de hablar y
escribir correctamente, recte loquendi, y un arte de interpretar a los poetas,
enarratio poetarum. En cuanto recte loquendi, involucra reglas gramaticales;
en cuanto enarratio poetarum, ejercita la composición a partir de modelos
clásicos. La enarratio se sobrepone a menudo a algunos aspectos de la retórica,
por lo que Quintiliano intenta una separación clara entre las dos artes: si la
gramática es el arte del recte loquendi y la enarratio poetarum, la retórica es la
ars bene dicendi (“el arte del bien hablar” [Institutio oratoria, II, 15, 38]). De
ahí que el gramático trabajaría casi solamente con la imitatio, la copia o
paráfrasis de modelos, y el retórico trabajaría principalmente bajo preceptos
que dictan la creación y presentación de discursos (Murphy 1974: 22-27).
Pese a que su retórica no ha ofrecido nada nuevo, su gran contribución
se encuentra en el programa educacional propuesto, un plan completo de
formación pedagógica que consiste en: 1) aprendizaje de la lengua; 2)
gramática; y 3) retórica, que sirvió de modelo para las escuelas provinciales
romanas. En todas las provincias occidentales de habla latina del Imperio
romano se constituyeron escuelas de retórica, que ofrecían la única forma de
educación superior después de la primaria. “En el Occidente los retóricos
dominaron por completo la educación y la cultura, y no existía una tradición
filosófica que pudiera competir con ellos” (Kristeller 1993: 296). Entre los
siglos II y IV, la retórica significará cultura general, y no más sólo una ars.
Hacia finales del Imperio romano, cuando las invasiones germánicas, entre
otros factores, destruyeron la mayoría de las instituciones políticas y
educativas, desaparecieron tales escuelas, quedando la enseñanza prácticamente
restringida a los monasterios.
Entre los nombres más importantes de los últimos autores latinos de la
Antigüedad, fundadores de la Edad Media, se encuentran Sexto Empírico (ca.
200), San Agustín (354-430), Boecio (ca. 475-524), Casiodoro (ca. 490-583) y
Marciano Capella (siglo V).