Electio uerborum

Electio uerborum
En la electio uerborum, el traductor se enfrentaba con los primeros
problemas de su tarea al buscar un equivalente en la lengua de llegada para
cada palabra en el original. Equivalencia aquí significa que la palabra en la
lengua de llegada tiene un significado, un uerbum proprium para cada noción
en particular. La búsqueda de equivalentes dependía de muchas variantes. Una
de ellas era la lengua. Lenguas pertenecientes a una misma familia presentaban
menos problemas. El estadio de desarrollo de las lenguas también era un factor
de gran importancia porque las más desarrolladas ya tenían un camino más
amplio, abierto por un mayor número de traductores. Otra variante era la obra
misma. Dependiendo del asunto y contenido, la traducción podría ser más o
menos exigente. Y no menos importante era la consideración del receptor, si
era culto o inculto. El problema mayor en la proprietas se presentaba frente a
palabras ambiguas, así como en los textos que trataban de artes y ciencias, con
un vocabulario técnico exclusivo. Para resolver estos problemas, lo que hacían
los traductores era adaptar a su propia lengua métodos otrora divisados por los
romanos, que incluían términos prestados del original y el empleo de
neologismos y circunlocuciones.
A. Préstamos
La solución más simple en la búsqueda de un uerbum proprium que
faltaba en la lengua de llegada era tomar prestada la palabra de la lengua del
original. Pero aunque satisfaciendo la exigencia de la proprietas, no lograban la
puritas y la perspicuitas. Así, estos términos tendían a ser rechazados porque
eran oscuros a los lectores a quienes generalmente se destinaban las
traducciones, los ignorantes del latín, del griego y del hebreo. Para naturalizar
una palabra extranjera en la lengua de llegada, primero se debía domesticarla
dándole la ortografía y las terminaciones de la lengua de llegada. Las que no se
prestaban a este proceso, sobre todo los nombres propios, pertenecían a las
palabras que tenían necesariamente que ser tomadas en préstamo.
B. Neologismos (uerbum e uerbo y uerbum e sensu)
Las deficiencias lexicales podían también ser resueltas con la invención
de palabras nuevas. Había dos formas de construir neologismos: uerbum e
uerbo y uerbum e sensu. En el primero, la palabra ya existía en la lengua de
llegada, pero no en aquel significado particular que recibía. El sentido era
derivado a través de una traducción literal y directa de la palabra en la lengua
del original. Las palabras formadas por este proceso presentaban pureza, pero
poca claridad. Más eficaces eran los neologismos uerbum e sensu, en que la
traducción apuntaba no tanto a la palabra en sí como a la idea que tenía detrás.
Como este proceso también pecaba frecuentemente en la cuestión de la
perspicuitas, algunos traductores empezaron a ofrecer el término técnico
extranjero dentro del texto o en el margen acompañado de la versión.
Schottelius, por ejemplo, insería la palabra en el texto en la forma de un doble
como “Phrasis oder Redart”, “Wiederhall oder Echo” (apud Rener 1989: 107);
Cartagena, entre otros procedimientos, presenta, a la semejanza de Schottelius,
el del latinismo seguido de una traducción, como “ueri simile: verisímile o de
presumir”, “in foro: en la plaça e en el foro” (apud Morrás 1993: cap. IV).
C. Circunlocuciones (pluribus uerbis)
Los préstamos y los neologismos se refieren más bien a la presencia de
términos técnicos en el texto original, en los cuales la precisión y brevedad eran
esenciales. Para los otros casos en que las palabras del original no exigían
precisión, estaban las circunlocuciones o perífrasis y los dobles (términos
semánticamente distintos, como por ejemplo en Cicerón al traducir nomos por
“lex et mos” [apud Rener 1989: 110], o en Cartagena que, al traducir el De
officiis de Cicerón, usa muchos dobles: perspicit por “conosçe e vee” [apud
Morrás 1993: cap. IV]). Desde la Antigüedad clásica, era conocida la
sustitución de una palabra por más palabras, un método denominado por
Cicerón como pluribus uerbis.
Etymologia y Sintaxis
Es en el estadio ‘etimológico’ y sintáctico donde el traductor se
encuentra con las proprietates linguarum, a nivel gramatical. Para discernir los
rasgos característicos de cada lengua, deberá servirse de su peritia linguarum,
un término usado por Leonardi Bruni en su tratado sobre traducción De
interpretatione recta, ca. 1420, que analizamos en el capítulo IV. El
conocimiento de las dos lenguas es un requisito básico para el traductor,
incluso en sus niveles no-gramaticales, una vez que hay que trabajar también
con los idiotismos y proverbios.
A. Locutiones o idiotismos
La cuestión central relacionada con los idiotismos es la relación peculiar
entre las palabras y el significado. Aisladamente, las palabras tienen un
significado, pero la frase como un todo tiene otro. La probabilidad de error, por
tanto, es grande si las palabras son tomadas literalmente y no idiomáticamente.
Esta discrepancia entre las palabras y el significado priva a las palabras de su
función significativa normal, y su traducción obliga al traductor a fijarse en el
significado, a traducir ad sensum. Esta forma de traducción frente a un
idiotismo no es antitética a la literal, ad uerbum, porque el traductor es forzado
a esto, es la única salida posible.
B. Proverbii
Los prouerbii o sententiae constituyen un grupo de palabras afines a los
idiotismos, pero son entidades mayores que estos. Su contenido expresa una
lección tomada de la experiencia respecto a lo real o necesario a la vida, y su
forma se caracteriza por la concisión y efectos acústicos. Del mismo modo que
los idiotismos, también los proverbios son garantizados por la consuetudo, y
ambos participan de las proprietates linguae. Más complejos que los
idiotismos, los proverbios son más difíciles de ser traducidos directamente a
una lengua extranjera.
C. Mutatio
Para solucionar muchos problemas relativos a la traducción en el plan
gramatical, el traductor cuenta con la posibilidad de la mutatio, señala
Humphrey en su tratado. Mutatio es la modificación de la función gramatical
de las palabras. Este proceso es más conocido y más amplio en los tratados
retóricos bajo el nombre de immutatio.
LA TRADUCCIÓN Y LA RETÓRICA
La comunicación concebida y practicada simplemente como un proceso
mecánico por medio de la gramática puede no alcanzar su fin porque el
receptor del mensaje es un ser humano con una constitución psicológica
peculiar en que las palabras tienen una influencia decisiva. Según las palabras
empleadas en el mensaje, la recepción puede ser influenciada de manera
positiva o negativa. Este fenómeno hace imperativo proveer el mensaje con los
dispositivos apropiados para provocar el efecto deseado. Esta es la función real
de la retórica y sus dispositivos ornamentales.
Así, cada una de las tres artes del trivium trataba de un aspecto
específico en el discurso, contribuyendo a su perfección. La retórica trataba de
la eficacia, y era definida como ars bene dicendi, la gramática trataba de la
corrección, ars recte dicendi, y la dialéctica trataba de la verdad, ars vere
dicendi. Bajo este aspecto, la retórica no podía ser concebida rival de la
gramática, sino su complemento, pues aquella sólo podía actuar después de que
la gramática hubiera completado su trabajo.
Una vez que la traducción trabaja sobre un texto definido y no necesita
ni puede tratar de los aspectos retóricos propios de la inuentio y de la
dispositio, la parte de la retórica que le toca cuidar es la elocutio. La elocutio se
refiere esencialmente a la materialización de las ideas y al estilo, a la elección
de los términos y su compositio. Los preceptos de la elocutio conciernen a dos
grupos: los relativos a las palabras aisladas, uerba singula, y los que afectan a
las palabras agrupadas en función sintáctica, uerba coniuncta.
También en la retórica, la electio uerborum es la operación fundamental
de la selección del material estructural para la construcción futura. No obstante,
aquí la selección se da dentro de los límites impuestos por la gramática, o sea,
la retórica sólo puede seleccionar entre aquellas palabras ya aprobadas en las
tres piedras de toque de la propiedad, la pureza y la claridad. En este punto,
podríamos exponer sistemáticamente todos los preceptos concernientes a la
elocutio – que no son pocos –, no obstante, su formalización se encuentra en
varios buenos manuales fácilmente accesibles, de entre los cuales, el de
Heinrich Lausberg, de que nos servimos para los análisis del corpus. Nos
limitamos, por tanto, ahora a una breve recapitulación de las cinco partes que
tradicionalmente componen la elocutio en un tratado de retórica: latinitas,
perspicuitas, ornatus, aptum y vitia.
A. Latinitas10
La latinitas es la forma de expresarse con corrección idiomática. A la
incorrección, si se trata de uerba singula, se llama barbarismus, si se trata de
uerba coniuncta, soloecismus. Si toleradas por razones estilísticas, se dice que
reciben licentia, entonces el barbarismus pasa a llamarse metaplasmus, y el
soloecismus a llamarse schema o figura.
El barbarismus o metaplasmus acontece al emplearse términos o
acepciones no latinos, una tarea perteneciente a la electio uerborum, y su
clasificación es bastante extensa. Los criterios retóricos usados en la selección
de palabras no son tan precisos como los de la gramática. La retórica busca
cualidades en las palabras, lo que, sin embargo, es difícil de definir y medir.