Etymologia
La parte de la gramática conocida como etymologia es la antecesora de
la moderna morfología. La ‘etimología’ se ocupa de las palabras a partir de las
cuales se constituye un enunciado, las trata como partes del discurso, partis
orationis. Esta operación gramatical primeramente clasifica las palabras según
su función en la oración. El gramático latino Prisciano (siglo VI), basándose en
Apolonio (Robins 1997: 99), estableció ocho partes del discurso: el nombre
sustantivo, el pronombre, el verbo, el adverbio, el participio, la conjunción, la
preposición y la interjección. Esta relación difiere del uso actual por presentar
el participio como una parte independiente del discurso y por no contemplar al
adjetivo. Este, que no tenía un status independiente, era considerado una
subespecie de nombre, nomen adjectiuum, distinto del nombre más importante,
el nomen substantiuum. En la jerarquía entre las partes del discurso, el
sustantivo ocupaba el primer rango seguido por el verbo, por ser ambos
indispensables en una proposición y por ser mutables. Tales mutaciones son
presentadas en los paradigmas de los casus y tempora.
Syntaxis
Es en la syntaxis donde el proceso del recte dicere tiene su máxima
expresión. Una vez que las palabras aisladas han sido clasificadas con
propiedad y recibido los cambios exigidos por su función en la estructura, son
consideradas como constructibilia, o sea, como partes acabadas listas para la
construcción. El producto final que la gramática preparaba era conocido como
oratio, sermo o sententia. La última operación que llevaría a este producto
consistía en la adjunción de las palabras, uerba struere, a través de dos
conjuntos de normas, constructio y regimen. La constructio ofrecía las reglas
para encontrar el sítio exacto de cada palabra, su orden en la oración,
comprendiendo el ordo constructibilium tres áreas, el inicio, el medio y el fín
de la sentencia. Las palabras podían ser agrupadas de dos formas: la ordo
naturalis seguía la secuencia ‘natural’, en que el agente precede la acción; la
ordo artificialis, por otro lado, se oponía a la anterior y permitía más liberdad
en el agrupamiento de las palabras. Había también reglas sobre la secuencia de
los varios complementos de tiempo, modo y lugar. El regimen, a su vez,
regulaba la regencia de preposiciones o verbos, y la concordancia entre los
elementos.
Locutiones
Las locutiones o modus dicendi o idiotismos consisten en formaciones
de palabras, frases idiomáticas que expresan un significado a veces
independiente de las reglas. La característica que los hace anómalos desde un
punto de vista gramatical es su total dependencia del uso, mientras que la
gramática es gobernada por la regla. Junto con las palabras aisladas, las
expresiones idiomáticas forman parte de la riqueza lexical de una lengua.
EL TRADUCTOR COMO GRAMÁTICO
Eran parte del currículo de la ars grammatica en el sistema escolar las
habilidades de ‘construir’ y ‘deconstruir’. La enseñanza de la gramática
comprendía dos partes. La primera, la exegética o interpretatio, objetivaba el
entendimiento del contenido del paso o frase de un texto determinado y la
demostración del significado de la declaración. El alumno, después de
reconocer el significado de cada palabra, debía captar como un todo el
pensamiento del autor, expresado en la frase, e interpretar o exponer su
contenido a través de paráfrasis y circunlocuciones. La segunda parte, la
‘horística’ (relativo a ‘definición’, o9rismo/j; es la parte de la gramática que
verifica la propiedad o impropiedad de la denominación; que teoriza [Gaffiot
1977: 754; Lausberg 1999: § 104]), intentaba demostrar el sistema de reglas
que gobernaban los mecanismos del discurso entonces analizado. Se hacía un
análisis técnico estudiándose cada palabra como un componente de una
estructura, identificándola con alguna de las ocho partes del discurso y
explicándola en lo que a su función y relación con las otras partes de la frase se
refería.
También el traductor actuaba como el alumno. Empezaba por leer el
texto del original frase por frase, y sujetaba cada frase a un análisis ‘exegético’
y ‘horístico’. Por el primero, llegaba al significado correcto y pleno de la
declaración, mientras que por el segundo desvelaba los mecanismos por los
cuales el autor expresaba el significado. En éste, desmontaba la estructura del
texto original identificando cada componente con una de las partes orationis.
Lawrence Humphrey, en su tratado sobre la traducción, Interpretatio
linguarum seu de ratione convertendi et explicandi autores tam sacros quam
prophanos, de 1559 (apud Rener 1989: 89), subraya los beneficios que el
traductor recibe de las tres artes liberales del trivium. Aunque en términos de
posición la gramática sea la más insignificante, en términos de actuación es la
más importante porque es el fundamento de todas las artes liberales.
El traductor debe (1) seleccionar las palabras según los tres criterios de
proprietas, puritas y perspicuitas, (2) sujetarlas a las inflexiones ‘etimológicas’
y (3) agruparlas según las normas de la sintaxis. Humphrey enseña que la
traducción, en cuanto construcción, debe ser llevada a cabo en dos momentos:
comportare (llevar junto o reunir) refiriéndose al material para construcción, a
las palabras individuales, y collocare (asentar u organizar) refiriéndose al
asentamiento del material y su organización en la estructura, a las reglas para
unir las palabras. Comportare y collocare hacen hincapié en el trabajo del
traductor en dos secciones de la gramática, respectivamente etymologia y
sintaxis. La exclusión de la electio uerborum, que tradicionalmente no
pertenece a las operaciones gramaticales, se debe también a que el ‘material’ no
es de libre elección en tanto que inuentio, sino que debe ser tomado de la
estructura preexistente del original. Pero, como elocutio, debe funcionar en la
lengua de traduccuón.
Se puede establecer la posición que la traducción ocupaba entre las
actividades literarias observando la concepción del proceso creador en la
Antigüedad. Toda creación literaria se originaba de tres operaciones distintas:
inuentio, dispositio y elocutio. Las dos primeras trataban de las res, la última de
las uerba; a la dispositio también se le reconocía su trabajo con las uerba. El
proceso principiaba con la inuentio, que consistía de la reunión del material,
res. Después de reunido, debía ser organizado en un orden lógico, la dispositio.
Por fin, el material ordenado era colocado en las palabras durante la elocutio.
Había dos tipos de elocutio: la constructio era controlada por la gramática y
objetivaba la corrección de la frase; la compositio era controlada por la retórica
y objetivaba la corrección del estilo.
Desde esta perspectiva, la traducción era apenas parcialmente creadora,
ya que el traductor, en principio, no debía alterar ninguna parte del material a
su disposición, sólo la vestimenta verbal. Este pensamiento alimentó a muchos
vituperadores de la traducción que la veían como inferior al original porque la
inuentio y la dispositio son obra del ‘inventor’, el cual es libre durante la
elocutio en la elección de las expresiones. Sin embargo, según reconocían sus
defensores, lo que la traducción perdía en términos de dignidad, lo ganaba por
su utilidad y necesidad (Rener 1989: 92-96). Otra perspectiva, positiva, acerca
de la actividad traduccional, la tendremos desde la retórica, apoyada en el
pensamiento horaciano de la Ars poetica. Es más fácil y mejor recrear que
crear. La originalidad no es un valor en sí. Lo que ya fue publicado pertenece al
dominio público. Importa más la perfección, la habilidad, la técnica con que un
tema es tratado, que ser el primero en proponerlo. La marca personal del autor
se muestra en el estilo. Es en el estilo donde se percibe la apropiación particular
de una materia pública. Esta perspectiva supondrá una aportación de peso en la
reflexión de la traducción, sobre todo en el Renacimiento, que hace hincapié en
el tratamiento del texto de llegada.










