El desarrollo progresivo de las lenguas vernáculas y el incremento de la
evangelización durante la Edad Media propician un movimiento de traducción
hacia las lenguas vulgares. La época de la formación de las literaturas en
lenguas vernáculas coincide con la de las primeras traducciones en estas
lenguas. Aunque de forma muy incipiente, en el siglo VII empiezan las
traducciones a las lenguas vernáculas romances, y en los siglos VIII y IX se
hacen las primeras traducciones a las lenguas vernáculas germánicas. Las
primeras traducciones del latín al vernáculo son sobre todo de naturaleza
religiosa, y entre ellas se cuenta la traducción de los Salmos hecha por Adelmo
18 Según Kristeller, hasta el siglo XI el acervo de traducciones del griego era constituido por “la Biblia
y muchos escritos de los Padres Griegos, una parte del Timeo de Platón, las Categorías y la De
Interpretatione de Aristóteles, la Introducción a las Categorías escrita por Porfírio y traducida por
Boecio, y algunas obras médicas y matemáticas” (Kristeller 1993: 190).
(ca. 650-709) en anglosajón (Delisle-Woodsworth 1995: 40-41). En 813, el
Concilio de Tours sanciona la práctica de traducir al vernáculo las homilías,
mientras los textos sagrados sólo se van a traducir plenamente en el
Renacimiento. Efectivamente, hasta el siglo XIV, la mayoría de las
traducciones eran realizadas al latín. No obstante, desde el siglo XIII las
traducciones al vernáculo ya competían fuertemente con la lengua romana.
La postura del traductor al vernáculo, cuyos textos de partida eran el
latín – proceso al que Folena denomina ‘traducción vertical’ (1991: 13): del
mayor al menor –, se diferenciaba en mucho de aquella de cuando traducía
entre lenguas vernáculas. El latín tenía un valor transcendente en relación a
cualquier lengua vernácula; había una reverencia por los antepasados hacia el
sentido de romanidad y el prestigio de la lengua de enseñanza y de liturgia,
amén de los factores lingüísticos y culturales: la formación compleja de los
períodos, la riqueza de las formas gramaticales, el vocabulario diferenciado,
concepciones e instituciones extranjeras muy distintas. Uno de los lugares
comunes en los comentarios de los vulgarizadores era la deficiencia de las
lenguas vernáculas frente a la latina, la pobreza léxica de aquellas delante de la
abundancia de ésta. Todo esto solía exigir de los vulgarizadores una formación
cultural mayor y un serio trabajo lingüístico-estilístico. La traducción como
vulgarización19 se mezcla con otras formas literarias como la paráfrasis, el
compendio, el comentario, la compilación, etc., que no se dejan clasificar entre
19 El proceso de traducción al vernáculo, como se ha mencionado anteriormente, ha recibido diversos
nombres, de los cuales el más comúnmente utilizado entre los investigadores modernos de aquel
período es el de ‘volgarizzazione’, ‘vulgarización’, ‘vulgarisation’, ‘vulgarização’. No se debe
confundir la vulgarización en tanto que proceso de traducción de las lenguas antiguas – hebreo, griego
y latín – a las vernáculas con la concepción moderna de vulgarización en el sentido peyorativo de
rebajar o degradar la cultura erudita al nivel de la masa o del vulgo, como lo hace Gerda Hassler
(1996). Se puede de cierta forma entender la vulgarización, en otra faceta presentada por Hassler, como
antitética a la traducción, concebida esta bajo los principios humanistas de traducción. Pero esta visión
debe ser relativizada porque aunque a partir del Humanismo la concepción de traducción cambie
fuertemente, hay valores que permanecen. Hubo traducciones anteriores al tratado de Bruni – punto de
referencia de Hassler –, que son literarias y adelantan en su práctica la teorización bruniana. Por otro
lado, una de las características de la vulgarización, la jerarquización de las lenguas, aún deja pesadas
huellas en la concepción bruniana.
los conceptos modernos y estrechamente delimitados de traducción
(Guthmüller 1998: 10).
En el proceso de las traducciones entre las lenguas vernáculas, lenguas
de estructuras similares y de grandes afinidades culturales, por lo que se ha
llamado también ‘traducción horizontal’ o ‘infralingüístico’ (Folena 1991: 13),
la traducción llega a asumir un carácter de transposición verbal con alto
percentual de significantes, lexemas y morfemas, estructuras sintácticas e
interferencias. Por otro lado, también entre las vernáculas acontece que el
vulgarizador se sienta totalmente libre para actuar sobre el texto: parafrasea,
completa o abrevia en donde esto le parezca necesario.
La traducción al latín de textos originales en lenguas vernáculas fue
durante la Edad Media el medio más seguro de su amplia difusión, aunque los
letrados, comenta André Vernet, dominaban, amén del latín, una o dos lenguas
vernáculas “pour les besoins de l’existence quotidienne” (1989: 226). Varios
escritores medievales se han expresado ora en latín, ora en su lengua vernácula,
dependiendo del asunto y del género literario elegido. En aquel entonces, por
interés de la divulgación, el latín servió muchas veces de mediador entre las
lenguas vernáculas, y, en otras, las vernáculas servieron de intermediario para
verter una obra en latín. Los métodos utilizados en la traducción al latín son los
mismos que del latín a las vernáculas: “les textes son ainsi étirés ou résumés,
abrégés ou interpolés peu ou prou, retouchés dans la lettre comme dans
l’esprit” (Vernet 1989: 228). André Vernet, al hablar de textos vernáculos
traducidos al latín, cita la práctica de tres tipos de traducción: las adaptaciones,
las traducciones propiamente dichas, y, entre estas dos, las retroversiones, en
las cuales “l’original dérive lentement vers une libre transposition” (Vernet
1989: 228). Este último tipo de traducción consiste en traducir un texto de una
lengua a otra y de ésta otra vez a la primera o a una tercera. El investigador
francés presenta ejemplos de retroversiones producidas en varias lenguas, como
el latín, francés, italiano, castellano, inglés, alemán, catalán, sueco, árabe y
hebreo. Relativo al árabe y hebreo, parece haber sido una práctica común en la
traducción-retroversión la participación de dos traductores (un árabe o judío y
un cristiano): uno traducía oralmente del árabe o hebreo en lengua vernácula y
el otro la transcribía inmediatamente al latín, sin haberla escrito en la lengua
común a los dos traductores.
El Humanismo y Renacimiento, que van a fomentar un intenso cambio
en la concepción y prácticas de la traducción en el Occidente, principian en
Italia, por lo que vale recordar algo del contexto en el que se produjeron las
mudanzas y sus orígenes.
Según el investigador de la traducción en la Italia renacentista, Bodo
Guthmüller, en los primeros volgarizzamenti, así como en la temprana
literatura en prosa italiana en general, predominaba fuertemente la finalidad
divulgativo-didáctica, el interés en el contenido y la utilidad – T.R. Steiner
amplía a toda la Edad Media y al temprano Renacimiento europeos el rasgo de
una traducción didáctica en la que predominaba sobre cualesquiera otras
consideraciones la moralisatio (1975: 7) – frente a la estilístico-literaria. Los
primeros volgarizzatori trataban el original de una forma muy libre, sin
preocuparse con sus características estilísticas o arquitectónicas. El deseo de
escribir clara y sencillamente significaba para muchos el abandono de los
adornos lingüísticos y literarios presentes en el original, así como su adaptación
al gusto dominante y el ‘perfeccionamiento’ de su contenido:
Nach allgemein verbreiteter Auffassung ist jeder Text, der
belehren soll, vervollkommungsfähig; da man ihn nun doch
einmal abschreibt oder übersetzt, sieht man keinerlei Grund,
ihn nicht dem herrschenden Geschmack nach umzugestallten
oder ihn zu verbessern, indem man ihn mit Hilfe von
Informationen aus anderen Quellen vervollständigt (Guthmüller
1998: 12)20.
En el Duecento italiano, la traducción al vernáculo se desarrollaba en la
práctica del volgarizzamento de textos latinos, franceses y provenzales. Francia
se encontraba entonces en plena fase de expansión y de dominio, y su literatura
llegaba a Italia vía el Veneto. Sin embargo, la cultura literaria que exportaba
Francia a Italia no era aristocrática sino popular (sobre todo novelas y
bestiarios). Por otro lado, la historia del volgarizzamento del latín revela en su
principio la existencia de una tradición sistemática de volgarizzare en el
ambiente jurídico a textos relativos a retórica y al ars dictandi: una obra que
marca el inicio del volgarizzamento latino y fomenta el estudio de los clásicos
en la corriente jurídico-retórica es el Fiore di retorica de Guidotto da Bologna,
traducción de la Rhetorica ad Herennium. Al lado de Guidotto da Bologna
figura, entre los principales nombres del volgarizzamento del Duecento y
Trecento, el de Brunetto Latini, volgarizzatore de los discursos de Cicerón, al
que se reconoce como representante de un nuevo modo de ver a los clásicos y
de una nueva concepción del volgarizzamento (Segre 1969: 17). De los
primeros volgarizzamenti de los clásicos latinos, se puede decir que fueron
motivados por la necesidad práctica de poseer ejemplos de elocuencia, en tanto
que una ciencia sea del ‘bien hablar’ como del ‘bien dictare’, y de proporcionar
textos a aquellos que no sabían latín para leer en el original (Folena 1991: 43).
Históricamente los primeros volgarizzamenti literarios italianos del latín
fueron: la Storie de Troia e Roma, le Miracole de Roma, el Panfilo, los
Disticha Catonis… (Segre 1969: 12).
El trabajo de los vulgarizadores italianos en el siglo XIII refleja el
surgimiento de un nuevo público literario que anhelaba conocer las obras
20 “Según una concepción difundida de modo general, todo texto instructivo puede ser perfeccionado;
ya que se transcribe o traduce, no se ve ninguna razón para no adaptarlo o mejorarlo según el gusto
dominante, al mismo tiempo en que se complementa con ayuda de informaciones de otras fuentes.”
latinas (o francesas) y que no dominaba lo bastante el latín para poder leerlas
en el original, pues el latín que se aprendía entonces generalmente bastaba para
las necesidades de la vida social y laboral, pero no para la lectura de textos
clásicos literarios. Este público se constituía primeramente por los dirigentes de
la comunidad, los patrones, comerciantes, artesanos y sus mujeres, y los
vulgarizadores provenían en su mayoría del mismo medio social que sus
clientes, habiendo estado en universidades y escuelas de derecho. Este estrato
social fue la gran fuerza motriz en la formación de la literatura vernácula
(Guthmüller 1998: 10).
En la primera mitad del Trecento se acentúa el contacto entre la prosa
vulgar y los estudios clásicos, como lo demuestra la práctica de Boccaccio: “Lo
studio della classicità ingenera nei volgarizzatori uno scrupolo che in
precedenza non li aveva sfiorati” (Segre 1969: 18). Según el investigador
italiano, se pueden detectar las primeras afirmaciones y muestras del gusto por
la Antigüedad en volgarizzatori como Bono Giamboni y Brunetto. En los
volgarizzamenti de Giamboni de obras literarias, analiza Segre, se mantiene el
estilo del original, lo que se percibe en las estructuras sintácticas y el material
léxico de la traducción. Su labor queda a medio camino entre una tendencia
latinizante y una popular. Bruneto es tal vez un poco más respetuoso con el
vernáculo y saca menos elementos del latín que Giamboni, pero es mucho más
fiel y constante y filológicamente admirable. Para Segre, es ya un traductorartista
Bartolomeo da San Concordio, quien, ya en la propia elección del texto a
volgarizzare, revela distantes los incentivos de carácter práctico, porque
Salustio es más bien un gran escritor que historiador. En su autor, Bartolomeo
busca el arte, y logra reproducirlo en una prosa elegante. El intento divulgativo
todavía está presente (por ejemplo, se encuentran numerosas explicaciones
precedidas de un cioè y cierta prolijidad que diluyen la breuitas salustiana),
pero es ya una divulgación de cosas bellas, no de cosas útiles (Segre 1969: 32-
33). Se puede controlar en el paso del tiempo el avance en el descubrimiento de
la latinidad: en los primeros volgarizzamenti,
res publica è tradotta con comune (Brunetto) e più avanti con
republica (Bartolomeo da S. Concordio); legatus con
ambasciadore, o con l’endiadi esplicativa legato ed
ambasciadore (Brunetto), e poi solo con legato (terza Deca)
(Segre 1969: 23).
Sin embargo, a los primeros volgarizzatori no se les debe mirar como a
ingenuos o pobres culturalmente por causa de sus traducciones llenas de
asimilaciones contemporáneas y actualizaciones anacrónicas. El anacronismo
producido en ellas es consecuencia de una concepción que tiende a buscar una
sincronicidad de la relación entre el latín y el vernáculo, entre antiguos y
modernos, inscritos en el presente.
Il rapporto fra le due lingue si viene a configurare como quello
di due realtà parallele e idealmente contemporanee, con tutta
una serie di omologie e di fitte corrispondenze, sicché nel
Duecento le parole antiche hanno dei referenti attuali, i uerba
latini sono res presenti, con corrispondenze volgari immediate,
senza che il bilinguismo discriminatorio venga ancora turbato
gravemente dalla invasione di elementi dotti latini, prestiti e
calchi, che si farà sempre piú forte nelle traduzioni trecentesche
(Folena 1991: 44).
Según avanza el Trecento, siguiendo el pensamiento de Segre, el estudio
de la Antigüedad clásica se hace más sistemático. Los escritores y los
volgarizzatori desean apoderarse del secreto de la construcción de la prosa
latina. O en palabras de Folena, las traducciones empiezan a presentar una
renovación en el modo de lectura y de asimilación de los clásicos (1991: 47).
Algunas de ellas intentan una adecuación a la sintaxis latina, pero la madurez
sólo llega con Boccaccio. En su traducción de las Deche de Tito Livio, el
volgarizzatore aplicó de forma feliz al vernáculo las sugerencias latinas: los
elementos latinizantes (acusativos con infinitivo, calcos de gerundivos,
participios presentes adjetivales), tan abundantes como en pocas traducciones,
no más constituyen un forzamiento en el vernáculo, sino que vienen insertos en
un sistema estilístico, con efectos artísticos y creaciones rítmicas; en definitiva
se integran en lo que constituye una obra de arte (Segre 1969: 36-37).
La actividad literaria italiana del Duecento y Trecento y el
volgarizzamento presentan una complementariedad importante. Es cierto que la
traducción participa del desarrollo de la prosa, pero, insiste Segre, antes que
atribuir al volgarizzamento una eficacia determinante y unívoca respecto a la
formación de la literatura hay que verlo en paralelo con las otras expresiones
del pensamiento literario. Más sensato que creer que hubo una equivalente
acción del latín sobre el vernáculo de los traductores, y de los traductores al
vernáculo de la prosa literaria en formación, es considerar el latín como
acelerador y regulador de la actividad creativa e innovadora del vernáculo en su
fiebre de expresar su más afinada sensibilidad estética (1969: 19). No hubo “un
vero influsso delle traduzione su di essa [la prosa literaria en formación], bensì
un’azione comune, un intersecarsi di tentativi” (Segre 1969: 24).
La obra de los volgarizzatori, comenta Segre, se localiza en la
convergencia de un intento divulgativo, preocupado con la comprensión del
lector, y una aspiración al arte, que es el arte del autor traducido, buscada en las
singularidades de su praxis estilística, que es, también, el arte del traductor
(1969: 24). Aun en los volgarizzamenti de prosa y poesía artísticos está
presente un interés didáctico, pero poco a poco aflora y se va sosteniendo sola
la estética literaria. La noción de integridad de la obra traducida se va formando
paulatinamente. A partir del Trecento y sobre todo con los volgarizzamenti de
los clásicos, se incrementa el respeto ante el original y el esfuerzo por el
mantenimiento de su integridad estilística, amén del anhelo a una elevación del
vernáculo. Este cuidado en la traducción literaria del texto antiguo constituye
una novedad en la historia de la cultura europea, e Italia precede en ello a los
otros países. Este nuevo modo de traducción de los clásicos en Italia, su deseo
de reproducción lo más fiel posible del original, puede ser también entendido,
según Guthmüller, como reacción contra la influencia de la cultura francesa
que predominó hasta los inicios del Trecento. A causa de su gran importancia
cultural y política, Francia tuvo por mucho tiempo una hegemonía entre las
lenguas vulgares, y en Italia fue grande el número de traducciones del francés
(1998: 12-16).
La tradición de los volgarizzamenti sigue siendo abundante en el
Quattrocento, aunque la producción es en gran parte repetitiva. Se observa
también una degradación del tipo de literatura traducida hacia niveles de
cultura más bajos. Sin embargo, la época humanista desde sus principios
innova también en este campo, y los humanistas, aunque traduzcan sobre todo
del griego al latín, no desdeñan el volgarizzare. Leonardo Bruni, por ejemplo,
un gran nombre del Humanismo, también traductor del griego y teórico de la
traducción, traduce un discurso de Cicerón, Pro Marcello, y concluye la
traducción de las Deche livianas. Su tratado sobre la traducción, aunque se
refiere a la traducción del griego al latín, vale “pienamente anche nei riguardi
del volgare, in base alla sua visione della piena parità grammaticale e retoricoculturale
delle lingue classiche e dei volgari” (Folena 1991: 50-51; 60).
En el siglo XV, los traductores europeos en general se encuentran en
“los umbrales del Renacimiento”, para usar la expresión de Morreale (1959: 4),
por la actitud de afirmación de su personalidad, una paulatina salida del
anonimato – por hablar sólo de una expresión de los cambios que se advertirán
sensiblemente en el siglo XVI –, algo que se refleja en la recomendación de
Bruni de que in traductionibus interpres quidem optimus sese in primum
scribendi auctorem tota mente et animo et voluntate convertet et quodammodo
transformabit… [Bruni 1928: 86], “en las traducciones todo buen profesional se
volcará en el autor original del escrito con todo su corazón, su alma y su
voluntad, y en cierto modo se pondrá en su lugar…” (trad. de Alicia Cortés, en
Bruni 1996: 87); y que ejemplificamos aquí con dos nombres españoles.
Sin entrar ahora en la polémica cuestión de si hubo o no Renacimiento
en España en el siglo XV, asumimos lo que parece ya bastante claro a muchos
investigadores: que sí; aunque en grado menor que en Italia, España entonces
ya no era totalmente medieval. Se suele hablar, pues, de un prerrenacimiento o
prehumanismo español. En lo que respecta a la traducción española en aquel
siglo, esta se caracteriza por su intensa actividad y su estilo “fuertemente
latinizante” (Morrás 1995: 35); y entre los emergentes ‘traductólogos’ destacan
dos figuras preeminentes, Alonso de Madrigal, el Tostado (ca. 1400-1455) y
Alonso de Cartagena (1384-1456), que fueron contemporáneos de Bruni,
habiendo estado el primero en Italia y el segundo mantuvo correspondencia con
el Aretino.










