JERÓNIMO 3

Pese a que el Tostado sea tomado por un autor medieval, presenta en su
obra rasgos humanísticos (Pérez González 1999: 49), incluso en su concepción
de traducción. Su defensa de una traducción palabra por palabra, podría
situarlo, evalúa Pérez González, en el literalismo de la Baja Edad Media, pero
en su definición precisa y delimitada se entreve algo de modernidad. El
Tostado insiste en que el traductor debe conocer la materia sobre la cual
traduce, la cultura que está por detrás del texto original, toda la producción del
autor al que se traduce, y las dos lenguas involucradas en la traducción. Aboga
por una exacta correspondencia de palabras y el mismo orden que en el
original, pero también que no hay que respetar este orden cuando su aplicación
resulte malsonante en la lengua de llegada. La traducción debe reflejar la
hermosura del texto original, con la preservación de las figuras retóricas (1999:
50). El Tostado se asemeja a los humanistas también en su defensa de la
superioridad del latín y del griego. A él “se debe la disquisición teórica más
importante en la Península en el siglo XV en el Comento sobre el Eusebio”
(Morrás 1995: 37n). Lamentablemente, en su tiempo, “su influencia ha sido
nula” (Santoyo 1999: 74).
Alonso de Cartagena, a su vez, puede ser considerado “el introductor e
impulsor de los estudios humanísticos en España” (Pérez González 1999: 51),
pese a sus varias características medievales. En los prólogos a sus traducciones
revela poseer una concepción instrumental, didáctica de la traducción, y una
preocupación por la transmisión precisa y clara del contenido del texto original,
abogando por una traducción ad sensum. Aunque rechazando el literalismo,
recomenda el empleo de latinismos, tecnicismos, préstamos y neologismos en
las traducciones, pero relegando a un segundo plan el uso de la retórica, que
puede impedir la fidelidad al contenido (Morrás 1995). En esto, difiere de los
humanistas, quienes insistían en los valores retóricos y estilísticos de una
traducción, y es famosa su querella con Leonardo Bruni.
Edmond Cary en Les grands traducteurs français (1963) describe así la
situación de la traducción en el Renacimiento:
Au siècle de Dolet, la bataille de la traduction faisait rage. La
Réforme n’avait-elle pas été avant tout une querelle de
traducteurs? La traduction était devenue une affaire d’Etat et
une affaire de religion. […] Les langues vulgaires sont alors en
train de prendre corps et de se mesurer avec les langues
antiques; des pensées nouvelles surgissent, et les penseurs se
cherchent des cautions dans l’antiquité. Tous les sujets
deviennent brûlants. Le simple fait de traduire constitue déjà un
péril. La première Bible traduite par référence au grec avait été
brûlée: le grec était une langue impie et le retour aux sources ne
pouvait être que suspect. […] L’humanisme de la Renaissance
brisa ce carcan. Et, du coup, on vit s’épanouir une théorie de la
traduction. En ce XVIe. siècle, tous parlent à l’envi de l’art de
traduire (1963: 7-8).
La traducción es un hecho que penetra y actúa en todos los niveles de la
vida humana, pero a la traducción literaria (artística) se la detecta en general
primeramente en el ámbito cultural, stricto sensu. Y así, en el Renacimiento,
por medio de una creciente ola de traducciones y por hechos específicos de
algunas personalidades, se empiezan a proponer nuevas corrientes estéticas y
promover el abandono o libre examen de la visión teocéntrica, por lo que se
puede afirmar que el comportamiento cultural de algunos países europeus de
Occidente como Italia, Alemania, Francia, España e Inglaterra fue fuertemente
condicionado por la traducción en aquel período (Vega 1997: 72). Es, pues, en
esos países, en los que el Renacimiento impacta más fuertemente y en donde la
demanda de traducciones no para de crecer, donde van a surgir las más
importantes reflexiones sobre el arte de traducir, fruto de una maduración de su
concepción y práctica.
Retomando la contraposición presentada por Folena entre la praxis de la
traducción en el Medioevo y aquella en el Renacimiento, que señalaba la
ausencia de una noción unitaria de la traducción en la Edad Media (1991: 14), y
la posibilidad de reconstrucción de una idea central en el Renacimiento (1991:
58), Emilio Mattioli defiende que en este período hubo una teorización
significativamente madura del problema, cuyo texto ejemplar es el De
interpretatione recta (1420), de Bruni. Y que esta maduración de una nueva
concepción del traducir había sido favorecida principalmente por el retorno a
los clásicos griegos: la traducción de un texto griego, mucho más que la de un
latino, ayudaría a advertir la distancia hacia el texto que se traducía, y pondría
en mayor relieve cuestiones filológicas (1982: 43). Folena entiende que la
traducción del griego es, junto al descubrimiento de los clásicos latinos y a la
nueva circulación de aquellos griegos, uno de los componientes esenciales del
Humanismo (1991: 54). En la misma línea de Mattioli y Folena, pero
subrayando aspectos distintos, Glyn Norton cree que los nuevos esfuerzos
especulativos de los teóricos humanistas de la traducción tienen su origen en el
redescubrimiento de los principios pedagógicos de los programas escolares de
la Antigüedad, que fueron asimilados por las escuelas romanas haciendo
hincapié en la práctica retórica y aplicados a los ejercicios de traducción
interlingual: primeramente con paráfrasis literales del texto en el lenguaje
cotidiano, seguido de un equivalente retórico, libre, basado más bien en el
estilo oratorio que en el hablado. Estas modalidades de traducción retórica
fueron perfeccionadas en el contacto con la filología (1981: 178). Así lo hizo
Bruni, cuyo tratado es considerado como parte de las ‘fundaciones humanistas
de la teoría de la traducción’. El importante tratado de Bruni es testimonio de la
consideración dispensada al texto fuente, desde el vocabulario al estudio de su
contextualización histórica, hasta su reproducción en la lengua de llegada con
semejantes nivel artístico y valores retóricos; y el reconocimiento del traductor
como ‘re-textualizador’:
With such humanists as Salutati and Bruni, greater attention is
given to the translator as a reader and interpreter, a quasi-author
who sees the source author’s ‘intention’ as resident not so much
in specific alignments of words, but in the power of the text to
affect the reader through its rhetoric (Norton 1988: 6).
Para Glyn Norton (1981; 1984), la filología es la gran responsable por el
desarrollo de la teoría de la traducción en el Renacimiento. Y en la base de este
desarrollo destacarían los pensamientos de Manuel Crisoloras (1350-1415),
Coluccio Salutati (1331-1406) y Leonardo Bruni (1370-1444). Esta línea de
pensamiento es compatible también con los análisis presentados por Alfonso de
Petris (1975; 1981) en estudios sobre el Apologeticus (1456) de G. Manetti
(1396-1459), en donde alude a la importancia de la filología en la época y su
relación con la traducción producida por los humanistas: “La filologia comincia
dalla grammatica. […] Le questioni grammaticali e linguistiche preparano
all’intelligenza degli originali”. Los humanistas, expone Petris, aunque no eran
verdaderos filólogos, buscan en la palabra una significación nueva, y
nelle loro traduzioni gli umanisti in genere denotano una libertà
interpretativa che, una volta non tradito il concetto, abbellisca,
variamente mutando, togliendo, ed aggiungendo. […] Tradurre
per essi è una questione di stile: aderire sí al modello, ma
soprattutto rendere intelligibile e piacevole quello che si
traduce (1975: 16-17).
Recuerda P. Kristeller que el método filológico que permitió a los
humanistas leer, comprender y traducir los textos antiguos fue aprendido de los
maestros bizantinos (1993: 197). Conscientes del cambio que estaban
produciendo en la concepción y práctica de la traducción, los humanistas
atribuyen a Crisoloras un importante papel histórico, el de la creación de una
escuela, y Guarino Guarini Veronese le alaba como padre de los nuevos
estudios (Petris 1975: 19).
Manuel Crisoloras, según Norton, evitó los extremos en su concepción
de la traducción. Para él, la traducción palabra por palabra podría llevar a la
perversión del pensamiento del original, pero, por otro lado, la transmisión de
este pensamiento no debría subvertir la proprietas de la lengua del original;
tampoco el traductor debría abandonar su papel principal por aquel del exegeta
menos comprometido con la integridad retórica del original. La traducción
retórica, según Crisoloras, se produce en el equilibrio de dos alternativas:
fidelidad léxica y transposición del significado. Estas alternativas no deben ser
entendidas como mutuamente exclusivas, sino más bien como matices de un
movimiento hermenéutico único. Sólo puede haber traducción si primeramente
hay comprensión del sistema gramatical: el análisis gramatical bilingüe, a
través de la palabra aislada como unidad de pensamiento, permite entrar en las
estructuras básicas de la lengua fuente. De ahí emerge la elocuencia, situada
entre morfología y significado, función y traducción (Norton 1981: 179-180).
“Il ‘transferre ad sententiam’ implica fedeltà al pensiero ed alle parole del
modello, ma nel rispetto dei cambiamenti richiesti dalle due lingue” (Petris
1975: 19).
Coluccio Salutati (1331-1406) no produjo ningún escrito específico
sobre la teoría de la traducción, sin embargo, por una carta (XXIII) – un
“trattatello in sè completo” (Petris 1975: 18) – dirigida a un amigo,
concerniente a la traducción que este hacía de Homero, es hoy día considerado
como el primero en proponer “una fórmula creativa para la traducción”
renacentista (Norton 1984: 37). Salutati recomienda a Antonio Loschi a
considerar las cosas, no las palabras (res uelim, non uerba consideres). Esto
significaría al fin y al cabo que, de acuerdo con Norton – hay opiniones
divergentes, como por ejemplo la de Rener (1989) y de Seigel (1969) –,
Salutati pregona la producción de un texto agradable en la traducción, o sea, no
una simple transplantación de equivalencias verbales directas, sino la siembra
de un campo totalmente nuevo, una red de omisiones y añadiduras que pueden,
si fuere necesario, alcanzar el corazón del material ‘inventado’ (Norton 1984:
37), y recomienda que “il traduttore adorni i concetti e renda più splendida la
forma e più gradevole la lettura” (Petris 1975: 18).
Pese al distinto abordaje de Norton sobre la cuestión de la teoría de la
traducción renacentista del que planteamos en este trabajo, o sea, fuera del
marco de la retórica ‘elocutiva’ como teoría del lenguaje vigente en el período,
también sus análisis presentados sobre la práctica y concepción traductoras
entre los primeros humanistas ‘fundadores de la teoría de la traducción
renacentista’ revelan una búsqueda de la traducción que preserve los valores
del original y a la vez ofrezca un texto retórico en la lengua de llegada. Esta es
esencialmente la línea básica de las principales reflexiones sobre la tarea del
traductor.
Podemos dar por sentado que la maduración de una nueva concepción
sobre el traducir fue favorecida por el retorno a los clásicos griegos y la
traducción de los mismos, por el redescubrimiento de principios pedagógicos
antiguos y el conocimiento del método filológico bizantino, pero sin olvidar
otros elementos importantes que coparticiparon en todo este proceso. Un factor
básico que favoreció la divulgación de los clásicos y fomentó una gran
demanda de traducciones de todo tipo, y que por ello participó en la
maduración de la concepción del traducir fue la prensa; a la vez también
acaecía el nacimiento de las lenguas nacionales como tales, y su
reconocimiento en tanto que medios nobili de comunicación de pensamiento en
todos los campos cambia la propia naturaleza del acto del traducir (Mounin
1965: 39). Las nuevas lenguas, a las cuales ya se llamaba vulgares, porque eran
primeramente habladas por el vulgo, pasan a ser consideradas ‘lenguas’ propias
en el siglo XVI.
Respecto a los traductores y las obras traducidas en los países abarcados
en este estudio, se pueden consultar en varios manuales de historia de la
traducción o estudios temáticos, generalmente sin importantes referencias a la
cuestión de la teoría de la traducción, como por ejemplo el de Henri van Hoof
(1991) y el de Ruiz Casanova (2000). Pero nuestro interés aquí se dirige a la
producción de escritos teóricos. Una de las características de la historia de la
traducción renacentista, reiteramos, es pues el desarrollo de reflexiones teóricas
sobre la práctica traductora, las cuales se presentan ante todo bajo la forma de
pequeños textos, cartas, introducciones, tratados, etc. Una sistematización
posible que ofreciera una síntesis del panorama de aquellas reflexiones en los
siglos XV y XVI sería la presentación de unos pocos textos de cada país,
independientemente de su forma y extensión, considerados más importantes a
partir de lo que conocemos y lo que compartimos con algunos investigadores;
una ‘antología’ de textos renacentistas sobre la traducción:
Italia – Leonardo Bruni Aretino, De interpretatione recta*21, 1420/25;
Gianozzo Manetti, Apologeticus, 1456/59; Sperone Speronis, Dialogo delle
lingue, 1542; Lodovico Castelvetro, Lettera del traslatare, 1543; Sebastiano
Fausto da Longiano, Dialogo del modo de lo tradurre d’una in altra lingua
21 Los textos señalados con * pertenecen al corpus analizado en los capítulos siguientes.
secondo le regole mostrate da Cicerone*, 1556; M. Alessandro Piccolomini,
cartas a los lectores de sus traducciones de la Poética y la Retórica de
Aristóteles, 1572;
Alemania – Martin Lutero, Ein Sendbrief vom Dolmetschen*, 1530, y
Über die Psalmen und Ursachen des Dolmetschens, 1531;
España – Alonso de Cartagena, prólogos a sus traducciones, sobre todo
el de la Retórica de Cicerón, ca. 1425; Alonso de Madrigal, el Tostado,
Comentarios sobre Eusebio, 1506; Juan Luis Vives, Versiones seu
interpretationes*, 1532; Juan de Valdés, Diálogo de la lengua, 1533;
Francia – Étienne Dolet, La manière de bien traduire d’une langue en
aultre*, 1540; Thomas Sebillet, Art poétique françoys, 1548; Joachim Du
Bellay, tres capítulos de la Deffence et illustration de la langue françoise,
1549; Jacques Peletier Du Mans, Des traductions, en Art poétique, 1555;
Gran Bretaña – Lawrence Humphrey, Interpretatio linguarum seu de
ratione convertendi et explicandi autores tam sacros quam prophanos, 1559;
Georges Chapman, textos introductorios a su traducción de la Ilíada*, 1598.
En los textos seleccionados, veremos que la traducción, por un lado,
sigue en su vieja labor de transmisión del contenido del original, pero, por otro,
empieza su moderno querer competir con el original, cuidando mucho de la
estética del texto traducido en la lengua de llegada, de la aplicación de la
retórica en la escritura. Como advertimos anteriormente, el objeto principal de
investigación de este trabajo es confirmar en reflexiones del Renacimiento
sobre la traducción la presencia de la retórica renacentista, en cuanto fundadora
de los textos, tanto en su estructura formal como en la propia concepción de la
actividad traductora, y, una vez atestada la similitud de tal concepción entre los
distintos textos de la época, elaborar esquemáticamente su pensamiento con el
fin de obtener una teoría – en términos estrictos y modernos – renacentista de la
traducción: la retórica (elocutiva) de la traducción en el Renacimiento. Esto es
el asunto de los próximos capítulos.