LA TEORÍA DE LA INTERPRETATIO
El uso de las normas de la retórica como método para lograr la
producción de una prosa que fuera una obra de arte es, pues, el siguiente punto
central a abordar. Una vez reconocido el sistema operador de la retórica
renacentista, en lo cual predomina la elocutio, debemos recuperar los preceptos
que lo componen. Hay que resaltar que por elocutio entendemos, en este
contexto, no un simple conjunto de reglas de ornamentación del discurso, sino,
más bien en la línea del pensamiento de Vives, una operación que abarca el
discurso como un todo, cuerpo y sustancia, extiendéndose a la literatura como
un todo, en la que se sitúa la traducción, o sea, como textualización, en el
sentido lingüístico de producción de enunciados orales o escritos, pero
textualización artística. De forma que, en lo que sigue, hacemos hincapié en la
relación entre retórica y texto, específicamente entre elocutio y traducción. Al
conjunto de los elementos que forman esta relación le llamamos teoría de la
interpretatio.
La teoría de la interpretatio, con la cual trabajamos en el análisis de los
textos del corpus principal que reflexionan sobre la traducción, es expuesta a
continuación basada fundamentalmente en dos obras: la de Frederick Rener,
Interpretatio – language and translation from Cicero to Tytler, 1989, y la de
Heinrich Lausberg, Manual de Retórica Literaria, 1999. No obstante, hemos
hecho modificaciones tanto en la estructura como en el contenido presentados
por ambos autores, adaptándola, de manera que llenara lagunas en el análisis de
los textos, e incrementándola con informaciones pertinentes de otros
investigadores.
La teoría de la interpretatio empieza en la época de la Grecia clásica,
cuando el lenguaje despierta el interés entre los griegos, que pasan a
considerarlo en tanto que teoría y en tanto que práctica. De la teoría,
inicialmente, aunque no exclusivamente, trataban los filósofos; de la práctica,
los gramáticos y retóricos.
Cuando los romanos empezaron a estudiar su propia lengua, usando el
sistema griego como punto de partida y de referencia, percibieron que las dos
lenguas presentaban afinidades y diferencias, y esta confrontación de su lengua
con una lengua extranjera los llevó a la noción de las proprietates linguae, o
sea, de que cada lengua tiene características exclusivas que forman su
personalidad única. Posteriormente, con el dominio de Roma sobre la Europa
Occidental, y la pervivencia del latín después del fin del Imperio Romano, la
lengua del Lacio pasó a ser modelo para las lenguas vernáculas, y las categorías
gramaticales y retóricas así como la terminología latinas se volvieron patrones
para estas lenguas. Este hecho significó una unidad lingüística entre las lenguas
occidentales que se mantuvo prácticamente hasta el siglo XVIII (Rener 1989:
14).
En la tradición clásica, el uso profesional y el estudio del lenguaje
formaban parte de las actividades llamadas en griego techné y en latín ars. Las
artes eran actividades o disciplinas u ocupaciones en las que el conocimiento
teórico estaba acoplado a las habilidades prácticas, algo distinto de las scientiae
que trataban exclusivamente del conocimiento especulativo. Las artes se
subdividían en dos clases: liberales y mechanicae9. Las artes liberales eran las
destinadas a los ciudadanos libres, sin finalidad de lucro. Las artes mechanicae,
a su vez, eran las “arts qui ne demandent que l´office du corps, de la main, pour
être appris et exercés, par opposition aux arts liberaux” (Lausberg 1999: §
11n.13).
Todo el que aspiraba a la adquisición de competencia profesional en el
uso de la lengua había de dedicarse largo tiempo al estudio y ejercicio
sistematizado en al menos dos artes de la lengua, la gramática y la retórica. En
la primera se estudiaban los aspectos básicos, que posibilitan la comunicación.
En seguida, en la retórica, se instruía para hacer la comunicación efectiva. Estas
artes lingüísticas tenían como material de trabajo la palabra, que se encontraba
en gran variedad de figuras y formas, y que era tratado, generalmente, en dos
fases separadas: en la primera las palabras eran trabajadas individualmente
como unidades independientes, uerba singula, en la segunda, aparecían como
grupos, uerba coniuncta. La palabra era considerada la menor unidad del habla
y representaba el punto de partida de todas las operaciones controladas por las
artes del lenguaje. En esta teoría, todos los usuarios, los teóricos (gramáticos y
retóricos) y los practicantes (hablantes y escritores) formulaban los elementos
simples primero. Así, al empezar un trabajo, deberían concentrarse
primeramente en las palabras simples, una operación conocida como electio
uerborum, antes de avanzar en los estadios en los cuales las palabras eran
unidas en un enunciado. Los enunciados eran, pues, considerados uniones de
los elementos básicos en unidades mayores. El lenguaje así trabajado devenía
el resultado de una operación mecánica, aditiva, que avanzaba de lo simple a lo
compuesto, y el producto final hacia el cual todas las operaciones eran dirigidas
9 Posidonio (apud Lausberg 1999: § 11) establece una división cuatripartita de las artes: 1) artes
vulgares et sordidae (oficios manuales que persiguen el lucro); 2) artes ludicrae (juegos, espectáculos);
3) artes pueriles (juegos reglamentados que buscan el pasatiempo); 4) artes liberales (artes cultivadas
por el ciudadano libre sin finalidad de lucro). Las artes mechanicae, contrapuestas a las artes liberales,
comprenderían las dos primeras artes de esta división, dejando aparte las artes pueriles.
era el enunciado significativo o sentencia, un conjunto estrictamente controlado
de unidades, que hacía posible la transferencia de ideas de una mente a otra. De
igual manera, se concebía al escritor como el que cuidaba inicialmente de los
aspectos gramaticales de su obra antes de proseguir al estadio retórico (Rener
1989: 15-16).
Desde la época de la Grecia clásica, la palabra era concebida como un
símbolo, un signo. Aristóteles en De Interpretatione las definía como “sonidos
vocales que son símbolos de las afecciones del alma” (I, 16a). Pero ha
prevalecido una definición más corta que dice simplemente que la palabra es la
señal de una cosa: “uerbum est signum rei”. Durante la Edad Media, la teoría
del signo fue ampliamente impulsada por la escuela de filósofos conocida como
modistae, que estudió las modalidades en que las palabras realizaban su
función significante. Las palabras, se decía, pueden tener la forma de sonidos,
uox, y la forma de letras, litterae. El lenguaje consiste en una cadena de signos,
empezando con la idea, en la mente humana, que es el signo mental de un
objeto exterior y continuando a través de la palabra hablada, o signo hablado, y
a través de la palabra escrita, o signo escrito. Los varios aspectos de la relación
entre la idea, res, y su signo exterior, uerbum, fue un tópico de discusión y
especulación ya en la Antigüedad clásica, donde se creía que las palabras y las
cosas son dependientes unas de las otras si quieren existir. Aunque las cosas
fueran superiores a las palabras en muchos aspectos, dependían de ellas si
querían existir fuera de la mente. Se creía que había más cosas que palabras, y
por esto había un número de cosas que aún no tenía signo. En el marco de estas
ideas, la dependencia de las cosas respecto a las palabras no perjudica la
existencia de las cosas, pero las palabras no pueden existir sin las cosas (Rener
1989: 16-20).
Esta noción de esclavitud de las palabras a las cosas es el fundamento de
una actitud que se percibe en muchos traductores, sobre todo en el Medioevo,
relativa a las palabras del texto original. Una vez que se consideraba que el
objetivo principal de la tarea del traductor era reproducir el contenido del
original, la res, el traductor no se sentía obligado a dar atención a todas las
palabras, a menos que contribuyeran a la transferencia del contenido. Como
resultado de este compromiso básico del traductor, cada traducción era
considerada como el repositorio fiel del contenido del original. Esto justificaba
la costumbre general de traducir no del texto original sino de otra traducción.
También es un indicativo de cómo las palabras eran consideradas inferiores a
las cosas, la verbosidad de las traducciones en comparación con sus originales.
Las palabras existen para servir a las cosas y hay algunas cosas que necesitan
de más palabras para ser expresadas con propiedad. Esto es otra de las razones
por las que las traducciones llegaban a tener un tercio más de palabras. Se las
juzgaba entonces necesarias para una exacta reproducción del pensamiento del
original, y la verbosidad era una señal positiva de que las ideas del autor habían
sido transpuestas con fidelidad. En este sentido, las traducciones eran
consideradas como la sustitución del original (Rener 1989: 21-22). Por otro
lado, esta misma noción de servilismo de las palabras llevaba a que una idea
pudiera ser expresada adecuadamente en una variedad de formulaciones o por
diferentes palabras, como sinónimos. Como es el caso de própio término
‘traducción’, con innúmeras definiciones y varias equivalencias técnicas
(Folena 1969).
Las cosas tienen prioridad sobre las palabras, no sólo en dignidad mas
sobre todo en existencia. Se creía que las cosas existen en la mente del hablante
mucho antes que se las den a conocer a través de las palabras. Cosas y palabras
son dos entidades separadas que no coexisten necesariamente. Su coexistencia
es posibilitada por el usuario de la lengua en el momento en que da a cada cosa
un signo exterior. Un claro ejemplo de esta separación está en la concepción
clásica del proceso creador, en que la inuentio, reunión de ideas, es separada de
la elocutio, el proceso de ponerlas en palabras. Las palabras aisladas
representaban tan sólo el primer paso para la comunicación. Ellas debían ser
combinadas con habilidad para llegar al discurso, que es el verdadero vehículo
de las ideas. El dominio de tal habilidad era ofrecido por la gramática y la
retórica.
Vives, al investigar el modus operandi de estas dos artes, y su relación
con la natura, concluye que la combinación de las palabras es el resultado no
de una fusión sino de una yuxtaposición, y que así cada componente de la
estructura retiene su identidad, y la estructura puede ser deshecha, reagrupada e
inclusive modificada, sin perjudicar la idea expresada en la sentencia. La ‘construcción’
de la sentencia es también susceptible de ‘de-construcción’. Vista la
obra original como una structura, la traducción empieza por un desmontar
parte por parte para en seguida reunirlas en un grupo extranjero. El traductor es
un artesano que profesionalmente deshace la estructura original y la rehace en
un terreno distinto (Rener 1989: 26-30).
Muchos críticos de la traducción reclamaron en el pasado que el
traductor debía observar la propiedad de cada término, llegando si fuera
necesario, a menospreciar, dejándolas de lado, las características estilísticas del
autor, lo que equivaldría a hacer de la traducción una habilidad gramatical.
Esta concepción de traducción fundada en la gramática es fruto de la
consideración que este arte liberal recibía. Aunque perdiera en la escala de la
dignidad ante las otras artes, ganaba en la de la necesidad, por ser tan
indispensable que ningún arte podría funcionar sin ella. Era solamente a través
de la gramática y su instrucción como el conocimiento podría ser adquirido,
transmitido y preservado.
“Grammatica est recte loquendi scientia”, así definía Quintiliano a este
arte (Institutio oratoria, I, 4, 2). Antes de llegar a un enunciado correcto, había
varias operaciones que debían ser realizadas, cada una relativa a un aspecto del
lenguaje. El discurso estaba constituído de cuatro elementos: littera, syllaba,
dictio, oratio. Estos cuatro elementos determinaban, según Prisciano (siglo VI),
(apud Rener 1989: 37), la subdivisión de la materia de la gramática:
orthographia, etymologia, prosodia, diasintactica. La gramática renacentista,
practicada por los humanistas del Renacimiento, mantenía la misma
subdivisón: littera, la ortografía, trataba de las letras; syllaba, la prosodia, de
las sílabas; dictio, la etimología, de las palabras; y oratio, la sintaxis, de las
sentencias (López Grigera 1994: 35).
Para el estudio de la teoría de la traducción, las partes de la gramática
más relevantes son la etymologia y la syntaxis. La primera trata las palabras
como elementos individuales, la segunda, las combinaciones de las palabras. La
electio uerborum y las locutiones son elementos imprescindibles en tal estudio,
pero son no-gramaticales.










