Por otro lado, la imagen del mundo estaba cambiando con los
descubrimientos geográficos de nuevas tierras y científicos como los de
Copernicus y Kepler concernientes a la configuración del sistema solar. En
medio de la violencia e incertidumbre, la retórica – profundizada con el
conocimiento de fuentes antiguas y concebida ciceroniamente como sabiduría
política – se revela una alternativa al uso de la fuerza, de persuasión en vez de
coerción, de deliberación en lugar de autocracia. La retórica ofrece no tanto una
alternativa a la incertidumbre como una forma de tratarla, “employing the fact
of incertainty for constructive ends by providing a mode of analysis and
judgment suited to the resolution of problems of fact and of action” (Conley
1990: 110).
En el Renacimiento, la retórica “evolucionó y creció mucho, llegando a
invadir todos los campos de la civilización” (Kristeller 1993: 322),
caracterizándose por el cultivo de todas las formas de composición en prosa
(destacan especialmente la carta, el discurso y el sermón), bien como de la
poética, y por pertenecer al dominio de los humanistas. Estos “la hicieron el
tema central en un nuevo programa de educación literaria y clásica”
(Monfasani 1999: 212), y “by teaching the classics, and by training in classical
rhetoric and poetics, the humanists gave to the educated classes of Europe
common tastes and common critical standards”. Esto no quiere decir que las
reglas y patrones de la composición literaria fueran siempre aceptados
igualmente por todos, sino que “there were rules and standards, and that these
might be deduced from the practice of the ancients” (Griffiths et al. 1987: 4-5).
Entre los factores que contribuyeron a la transformación de la retórica en el
Renacimiento, queremos destacar tres: (1) el incremento de nuevas fuentes
clásicas griegas de retórica aportadas al Occidente sobre todo por teóricos
bizantinos de retórica (Kristeller 1999: 14) ya a partir del período de los
primeros humanistas italianos; (2) los deseos de cambios en la retórica
medieval producidos por la nueva mentalidad renacentista, representados
principalmente por grandes reformadores de la retórica como Erasmo en
Inglaterra, Lutero y Melanchthon en Alemania (Schanze 1999: 136ss.), Luís
Vives, Juan Huarte y Gracián en España (Abbott 1999: 122ss.), Rodolfo
Agrícola, Petrus Ramus en Francia, entre otros; y (3) el establecimiento
definitivo de las nuevas lenguas vulgares en franca competencia con las
lenguas clásicas, que hizo proliferar los escritos retóricos en el intento de
ofrecer a las vernáculas subsidios para su perfeccionamiento.
La Edad Media había conocido casi todos los textos retóricos de las
fuentes clásicas latinas y romanas, pero casi nada de los de la fuente griega. Sin
embargo, en el Renacimiento las fuentes latinas fueron más profundizadas que
en la época anterior, y se recuperó la obra completa de Quintiliano, amén de
cartas, discursos y escritos filosóficos de Cicerón. Los dos descubrimientos de
mayor importancia para el desarrollo de la retórica renacentista fueron
Institutio oratoria, de Quintiliano, y el texto completo de De oratore, de
Cicerón. Este texto ciceroniano discute la naturaleza y significado de la
retórica, subrayando el valor de este arte en los asuntos prácticos y no
solamente su consistencia teórica (Conley 1990: 113), e intenta reconstuir la
unidad entre filosofía y elocuencia, entre contemplación y acción (Fumaroli
1980: 49). La Retórica de Aristóteles fue otras veces retraducida y los retóricos
profesionales empezaron a estudiarla, juntamente con la hasta entonces casi
desconocida Poética. El avance de la retórica renacentista también debe mucho
a la adquisición de la literatura retórica griega a través de los textos originales o
de las traducciones latinas y vernáculas en los siglos XV y XVI, por lo que se
llega a conocer a prácticamente todas las fuentes antiguas de la literatura
retórica, todos los oradores griegos, la teoría general y tratados teóricos de
retórica de los que hoy en día disponemos.
En la tradición retórica bizantina, que influyó sobre la humanista del
Renacimiento, el nombre del principal teórico es Hermógenes de Tarso, cuya
retórica presentaba importantes diferencias con relación a la de las autoridades
latinas, sobre todo en la estructuración de la argumentación – su “método de
división” consistía en “separar en una serie de dicotomías todas las categorías
posibles de cuestiones y todos los debates posibles dentro de las cuestiones” –,
y en la estilística –, donde, a diferencia de la división latina de estilo en
elevado, medio y sencillo, “describía veintiuna características estilísticas”
(Monfasani 1999: 213). Según López Grigera (1994), la retórica de
Hermógenes es en realidad una adaptación de las tres partes clásicas de la
Retórica de Aristóteles. La retórica hermogeniana se difundió en Europa desde
mediados del siglo XV a través de otros retóricos, y en el XVI circuló en su
versión griega y en ediciones bilingües. Amén de los textos teóricos de
Hermógenes sobre retórica, repercutió fuertemente en el pensamiento
occidental un tratado suyo con ejercicios prácticos, Progymnasmata, conocido
ya en la Edad Media en la traducción latina de Prisciano, y utilizado en
escuelas y universidades. Hermógenes se volvió conocido en el Occidente ante
todo gracias a Jorge de Trebisonda (1396-1472), pese a las pocas referencias a
su nombre en los escritos de este. De su obra Rhetoricorum libri quinque, con
la que intentaba Trebisonda desplazar la Institutio de Quintiliano, la gran
contribución fue la asimilación del pensamiento de Hermógenes, pero también
reconoció la elocutio en tanto que la parte más artística y noble del arte de la
retórica. Es la elocuencia que hace de la retórica la verdadera ars humanitatis.
Sin embargo, a causa de las confusiones conceptuales que produjo, ofreció las
bases para una posterior reforma de la retórica llevada a cabo por Rodolfo
Agrícola y Petrus Ramus (Conley 1990: 116-117).
En los siglos XII y XIII, cuando surgen las universidades, se reconoce
que las siete artes liberales ya no representan todo el saber existente, y se
comienzan a formar nuevos esquemas de clasificaciones. El trivium y el
quadrivium empiezan a agonizar. Si al principio, alejadas de la lógica o la
dialéctica, la gramática y la retórica se limitaban a la enseñanza básica, a partir
del siglo XIV sufren un ascenso que las hará participar, en el siglo siguiente,
del esquema humanista de los studia humanitatis (la gramática, la retórica, la
poesía, la historia, y la filosofía moral). En este esquema humanista, también la
poesía y la historia, anteriormente consideradas partes de la gramática y la
retórica, devienen independientes, aunque relacionadas con estas, y la filosofía
moral, una de las tres partes de la filosofía antigua, pasa a ser considerada
como disciplina propia de las humanidades y es separada de las otras partes
más técnicas de la filosofía (Kristeller 1993: 325). Por otro lado, estas
divisiones eran relativas, pues los humanistas consideraban que todas las
disciplinas constituían una unidad, un saber único, comparable a la enkyklios
paideia de los clásicos, y que sólo se separaban por cuestiones didácticas
(Martín Jiménez 1997: 27).
A mediados del siglo XVI los estudios de retórica habían recobrado una
importancia tal que los cursaban en colegios de humanidades, o en la
universidad, todos los que en esa época tenían una educación media (López
Grigera 1994: 26). La enseñanza de la retórica comprendía tres disciplinas
teóricas: la oratoria, la predicación y la epístola, a las que se sumaban la poética
y la historiografía. Tanto en el curso de gramática como en el de retórica, el
alumno debía realizar ejercicios de práctica de lengua: adquisición de
vocabulario y construcciones, y composición. Para los primeros, se hacían
ejercicios de lectura comentada de los clásicos, de imitación, y de traducción.
Para el ejercicio de composición, se solía utilizar los conocidos progymnasmata
– entre los manuales más usados en el Renacimiento se encuentran el de
Hermógenes y el de Aftonio8 (López Grigera 1994: 38) –. Respecto a la
metodología de la enseñanza de la retórica, primeramente eran estudiadas las
teorías, desde la definición, a la materia y partes de la retórica, hasta la
memoria y pronunciación o acción. En un segundo momento, venía la práctica,
donde se comentaban los textos de la Antigüedad clásica y se ejercitaba en la
producción de textos retóricos, según los progymnasmata. La materia que
comprendía un tratado de retórica clásica y renacentista puede ser
esquematizada como sigue:
1. Definición de Retórica
2. Materia
2.1. Géneros
2.1.1.judicial
2.1.2.deliberativo
2.1.3.demostrativo o epidéctico
2.2. Cuestiones
2.2.1.los tres grados de complejidad
2.2.2.los dos grados de concretez
2.2.3.los cuatro ‘status’
8 Los Progymnasmata de Hermógenes, junto con los de Teón y Aftonio, están publicados en España
(1991), en traducción de María Dolores Reche Martínez.
3. Partes
3.1. Inuentio
3.1.1.Exordium
3.1.2.Narratio
3.1.3.Argumentatio
3.1.4.Peroratio
3.2. Dispositio
3.2.1.las dos ordines
3.3. Elocutio
3.3.1.Latinitas
3.3.2.Perspicuitas
3.3.3.Ornatus
3.3.4.Aptum
3.3.5.Vitia
3.4. Memoria
3.5. Pronuntiatio
Si por un lado, la retórica alcanza su auge durante el Renacimiento, por
otro, las transformaciones que sufre en este período son, en parte, también
responsables de su declive en los siglos posteriores. Los cambios promovidos
por los retóricos parten de una revaluación de sus definiciones y concepciones
y atañen a su estructura clásica. Sin embargo, la actuación de los teóricos de la
retórica en el Renacimiento, advierte Pierre Kuentz, no es algo totalmente
nuevo, no es un gesto inaugural, sino “l’aboutissement d’un long cheminement
que l’on pourrait suivre à travers toute l’histoire de la rhétorique médiéval”
(1970: 149). Por otro lado, según Hidalgo-Serna, “el renacer que experimenta
la retórica con los humanistas italianos se debe a la nueva fuerza elocuente que
ellos atribuyen a la palabra y a la indiscutible supremacía del sermo communis
frente al lenguaje abstracto de la metafísica” (1998: XVII). Algunos ejemplos
pueden mostrar la inquietud de los retóricos renacentistas y la revolución por la
que pasaba su disciplina. Lorenzo Valla (1407-1457), en sus Elegantiarum
latinae linguae, de 1417, pretendía establecer un modelo de enseñanza
estructurado que considerara la elocuencia como el fundamento de todas las
disciplinas, sustituyendo el programa escolástico medieval. Para ello sería
necesario reformar la dialéctia y la retórica (Martín Jiménez 1997: 25). Rodolfo
Agrícola (1444-1485), considerado “the center of a semantic revolution that
reinaugurated the Classical view of invention as fundamentally rhetorical”
(Conley 1990: 125), rechaza abiertamente la escolástica medieval, y presenta
una propuesta en la que sustrae la inuentio del ámbito de la retórica
considerándola atribución de la dialéctica. La retórica se reduciría a las partes
del discurso y a la ornamentación. Juan Luis Vives (1492/3-1540) prosigue la
tendencia de redefinir las disciplinas y delimitar el campo propio de cada una.
En su importante tratado retórico, De ratione dicendi, 1533, se centra
exclusivamente en la elocutio, redefiniéndola – la elocutio no puede reducirse
únicamente a la expresión formal del discurso – y clasificándola como la
quintaesencia de la retórica. Petrus Ramus (1515-1572) redistribuye el objeto
de las artes del lenguaje asignando a la gramática solamente cuestiones de
syntaxis y etymologia, a la retórica, la elocutio y la pronuntiatio, y a la
dialéctica, la inuentio y la dispositio. Por fin, la memoria y la pronuntiatio,
fueron desapareciendo paulatinamente, la una por efecto de la
imprenta, y la otra porque el discurso retórico ya no se
presentaba al público sólo en forma oral, sino
predominantemente escrito (López Grigera 1994: 18).
Las mismas inquietudes eran también sentidas en España, como lo
demuestra el ejemplo del mayor humanista en este país. Se podría decir que
menos cosmopolita y más español que Vives, Francisco Sánchez, el Brocense
(1523-1600), representa y revela una línea del pensamiento español desde
dentro del país. Alfonso Martín Jiménez, en Retórica y literatura en el siglo
XVI: el Brocense, ofrece un detallado estudio sobre las relaciones entre retórica
y literatura en la obra de Francisco Sánchez, en donde se observa también la
influencia del pensamiento ramista en las reflexiones del Brocense y su
concepción de retórica. Sánchez define la retórica como el arte de adornar el
discurso, compuesta por dos partes: la elocutio y la pronuntiatio, la primera
constando solamente de tropos y figuras (1997: 93).
Esta redifinición de la retórica, – muy similar entre los principales
teóricos de la retórica en el Renacimiento –, centrada en la elocutio y aislada de
la inuentio y la dispositio, resultará en la separación de la retórica, por un lado,
y de la filosofía, la lógica y el derecho, por otro, acercándose aquella siempre
más a la gramática y la poética, y perdiendo el carácter interdisciplinar que la
caracterizaba en sus orígenes (Martín Jiménez 1997: 35). La concepción
ramista, principalmente, impulsó a que la retórica deviniera, a partir del siglo
XVII, en casi sólo un catálogo de tropos y figuras, en un arte de adorno del
estilo. La elocutio, como parte de la retórica, recuerda Barthes al comentar la
reducción de la retórica a ‘figuras retóricas’, surge con Gorgias al aplicar a la
prosa critérios estéticos tomados de la poesía, pero se desarrolla sobre todo con
Cicerón y Quintiliano, expandiéndose a partir de Dionisio de Halicarnaso y De
sublimitate, del seudo Longinus, hasta absorber toda la retórica e identificarla
sólo con ‘figuras retóricas’ (Barthes 1970: 217). Sin embargo, en la relectura
del pasado, no todos comulgan con la misma perspectiva. Kibédi Varga, por
ejemplo, a diferencia de otros investigadores, defiende que la retórica
renacentista no fue la retórica del estilo, sino que en ella se integraron
‘armoniosamente’ las tres partes principales (1970: 17). Gérard Genette, a su
vez, cree que el equilibrio propio de la retórica antigua empieza a deshacerse ya
en el inicio de la Edad Media: primeramente, el equilibrio entre los géneros
(deliberativo, judicial y epidéctico), porque la muerte de las instituciones
republicanas conlleva la desaparición del género deliberativo, y también del
epidéctico, que está unido a los grandes momentos de la vida cívica; después, el
equilibrio entre las partes del discurso (inuentio, dispositio, elocutio), cuando la
retórica se ve confinada en el estudio de la elocutio (1970: 159). Sin embargo,
en el siglo XVI, lo que más caracteriza a la retórica renacentista, según mi
punto de vista, es el énfasis sobre la elocutio, no sólo como normas de adorno
del estilo, sino como una parte que pertenece “al cuerpo mismo del hablar y a
su sustancia”, que es “el color y la forma del discurso” (Vives 1998: 09).
La concepción de Vives de la retórica es uno de los ejemplos más
positivos y generalizados de la retórica renacentista. Al centrarse
exclusivamente en la elocutio y ampliar su noción de manera que abarcara el
discurso como un todo, en cuerpo y sustancia, Vives no está despreciando las
otras partes de la retórica, sino insistiendo en lo que considera su esencia, en la
parte que realmente puede manipular el lenguaje. Es, de alguna forma, una
especie de antevisión de lo que hoy en día nos enseña la moderna teoría de
comunicación sobre el poder del lenguaje. La elocutio es objeto exclusivo de la
retórica, mientras que las otras partes son instrumentos comunes a cada una de
las ciencias. La concepción vivista de la retórica es también una recuperación a
la vez que una confirmación del valor de la lengua común, la sermo communis,
a la que muy enfáticamente se van a referir Lutero y Dolet.
La reforma vivista de las disciplinas y de la retórica parte del
olvido escolástico del uerbum en cuanto palabra común; su
objetivo principal consiste en indicar y explicar las razones de
la preeminencia del sermo communis, pues, sin este lenguaje,
las invenciones, el conocimiento, las artes y las ciencias
carecerían de cualquier utilidad y sentido práctico (Hidalgo-
Serna 1998: XVI).
La retórica de Vives, subraya Edward George, presenta dos
características fundamentales: por un lado, la retórica es contraída y la elocutio
surge como su esencia y sustancia; por otro, hay una expansión de la elocutio
más allá de las circunstancias de la comunicación oral formal, que atañe otras
áreas del campo literario como la historia, la poesía, el comentario, la
traducción (1992: 115). Esta valoración de Vives sobre la elocutio se refleja en
su teoría de traducción y a ella se asemejan las teorías traductológicas
renacentistas que analizaremos en los capítulos IV y V, cuya mayor
consecuencia es la exigencia de la producción de un texto retórico-literario, de
una traducción que privilegie el texto en la lengua de llegada manteniendo los
valores del original.
El Renacimiento del XVI tuvo, como lo sabemos, la
preocupación por obtener una prosa en lengua vulgar que fuera
una obra de arte, usando los mismos métodos que se empleaban
para lograrlo en las lenguas clásicas (López Grigera 1994: 44).
Los autores literarios de la época tenían muy presentes las
normas de la retórica al componer sus obras (Martín Jiménez
1997: 22).










