SOBRE LA TEORÍA DE LA TRADUCCIÓN EN EL RENACIMIENTO

SOBRE LA TEORÍA DE LA TRADUCCIÓN EN EL RENACIMIENTO
Hablar de teoría renacentista de la traducción implica adentrarse en dos
campos de investigación en los cuales divergen los estudiosos respecto a
terminologías, concepciones y metodologías: la historia y la teoría de la
traducción.
La constitución de una historia de la traducción es un punto todavía
bastante polémico si se consideran las posiciones teóricas de diferentes
abordajes realizados en el campo. Pese a todos los intentos, García Yebra, por
ejemplo, afirma que, “desgraciadamente, no existe una buena historia de la
traducción” (1994: 11). Vega Cernuda también comparte el mismo
pensamiento: “una historia de la traducción, en el estado de investigación y
documentación en que se halla el tema, está condenada o bien a cuadros
parciales, o bien a perspectivas más o menos generales trazadas desde ópticas
eurocéntricas” (1997: 71). La verdad es que a distintas concepciones
corresponden historias distintas. Ello se explica en el marco del pensamiento de
Thomas Kuhn y su concepto de paradigma (1962): la imagen que los
científicos tienen del mundo depende del paradigma que defienden; lo que
corrobora el pensamiento nietzscheano de que “auch die Wissenschaft ruht auf
einem Glauben, es gibt gar keine ‘voraussetzungslose’ Wissenschaft”1
(Nietzsche 2000: § 344).
La búsqueda de una visión global de la teoría de la traducción en el
Renacimiento asume, en este trabajo, una concepción positiva sobre el hacer
historia periodizándola. Lo que no significa necesariamente atenerse con rigor a
confines temporales, o desconsiderar la dinamicidad de la cultura humana. La
periodización en la historia de la traducción es aún el procedimiento
predominante en muchos historiadores modernos, pese a la oposición de otros
tantos. Algunos ejemplos de esta oposición pueden ilustrar el tipo de
diferencias conceptuales y su consiguiente teorización de la historia de la
traducción.
George Steiner, en Después de Babel (1975), divide la teoría, la historia
y la práctica de la traducción en cuatro períodos. El primer período abarca
desde Cicerón, con su De optimo genere oratorum, 46 a.C., hasta Alexander
Fraser Tytler, Essay on the principles of translation, 1792. Es una época de
“pronunciada orientación empírica, […] de formulación básica y notación
técnica” (1998: 246). El segundo período empieza con Friedrich
Schleiermacher, Über die verschiedenen Methoden des Übersetzens, 1813, y va
hasta Valery Larbaud, Sous l’invocation de Saint Jérôme, 1946. La segunda
fase es de “teoría e investigación hermenéutica” (1998: 246). La corriente
moderna, tercera fase, en la cual aún nos encontramos, principia con los
artículos sobre traducción automática a finales del decenio de 1940. A ella
pertenecen la lingüística estructural y la teoría de la información. Coexistiendo
con el tercer período, el cuarto se sitúa a principios de los años sesenta, en el
cual se da “nueva vida a las investigaciones hermenéuticas, casi metafísicas,
sobre la traducción y la interpretación” (1998: 247).
Si, por un lado, George Steiner evita una rígida periodización, por otro,
generaliza demasiado al reunir mil setecientos años bajo un mismo concepto.
En verdad, relativiza totalmente el valor de su división cuatripartita al reducir la
historia del “arte y la teoría de la traducción” a dos preguntas: “¿qué debe
predominar, la versión literaria o la versión literal? ¿Está el traductor en
libertad de expresar el sentido del original en cualquier estilo y giro que elija?”
(1998: 248).
Susan Bassnett, en Translation studies (1980), presenta una historia de
la traducción cuya línea de abordaje se fundamenta en dos conceptos
originados de las preguntas de Steiner: palabra por palabra en oposición a
según el sentido (1980: 42). Bassnett defiende el uso de una estructura
cronológica elástica, sin establecer divisiones precisas. Sin embargo, reconoce
que estos conceptos retornan de cuando en cuando con distintos grados de
intensidad según los diferentes conceptos del lenguaje y de comunicación, y,
con ejemplos de periodización temporal y nacional ilustrados por las obras de
T. R. Steiner, English translation theory, 1650-1800 (1975); A. Lefevere,
Translating literature: the German tradition. From Luther to Rosenzweig
(1977); y F. O. Matthiesson, Translation. An Elizabethan Art (1931), admite
que en tiempos distintos predominan distintos conceptos de traducción. Así,
presenta la historia de la traducción bajo los items: los romanos, la Biblia, los
primeros teóricos, el Renacimiento, el siglo XVII, el siglo XVIII, el
Romanticismo, el Pos-romanticismo, la época victoriana, los arcaismos, y el
siglo XX.
Frederick Rener, en Interpretatio – language and translation from
Cicero to Tytler (1989), comparte la misma división periódica de Steiner,
intentando mostrar la unidad de pensamiento de estos mil setecientos años, y
rechazando subdivisiones temporales, lingüísticas, nacionales o personales.
Para Rener, la compartimentación sólo contribuye a la obtención de una visión
fragmentaria y sin unidad de la historia de la traducción (1989: 5).
A la reducción de George Steiner de las reflexiones sobre la traducción
al binomio literal-literario y su división cuatripartita, cuyo primer período es el
objeto de investigación de Rener bajo la hipótesis de una unidad de
pensamiento, y a la línea de abordaje utilizada por Bassnett, contestaría
duramente Henri Meschonnic considerando estas tesis como pertenecientes a la
gran mayoría de teorías de la traducción, a las que clasifica como idealistas,
abstractas y ahistoricistas, porque creen en el sentido como objetividad, verdad
y atemporalidad. Teorías que perpetúan conceptos históricos como el de la
inferioridad de la traducción ante el original, fidelidad, transparencia,
apagamiento del traductor, etc. Estos dualismos necesitan ser dialectizados e
historicizados, afirma Meschonnic. A estos pares de oposiciones no dialécticas,
al dualismo de la forma y el sentido, del sujeto y el objeto, del autor y el lector,
de la creación y la traducción, de la poesía y la ciencia, de la ciencia y la
ideología, Meschonnic contrapone
un monisme matérialiste, défini comme homogénéité et
indissociabilité da la pensée et du langage, de la langue et de la
parole, de la parole et de la graphie, du signifiant et du signifié,
du langage et du métalangage, du vivre et du dire (1973: 42).
La teoría traductológica de Meschonnic merecería una larga exposición,
pero importa aquí mencionar un elemento central de su concepción. El teórico
francés trabaja una relación dialéctica entre escribir y traducir que sustituye la
oposición metafísica entre texto y traducción (1973: 142), creando la
traducción-texto. Así, es dialectizando como, para Meschonnic, el texto es
entendido como forma-sentido. Se trata de un concepto, no de dos conceptos
yuxtapuestos. La forma-sentido produce una síntesis dialéctica del sujeto de la
escritura con el objeto-texto, y del objeto-texto con el sujeto-lector (1973: 34).
Cada lectura se hace una lectura-escritura, una re-textualización. Cada lector se
lee en la obra y en ella se inscribe a través de su creador y, a través del lectortraductor
y con él, se lee-inscribe en la traducción.
L’écriture est la pratique d’un sujet. Celui qui écrit s’écrit, celui
qui lit se lit (1973: 47).
Concibiendo la traducción como “ré-énontiation spécifique d’un sujet
historique, interaction de deux poétiques, décentrement” (1973: 308), se
reescribe la cuestión “¿es una traducción correcta?” en los términos “¿para
quién?”: ¿Quién traduce qué y para quién? (1973: 330).
Le pour-qui (le lecteur) est structurellement inscrit dans le
texte, et dans la traduction-texte, autant que le par-qui. Le
pour-qui s’écrit dans le par-qui (Meschonnic 1973: 320).
Una teoría histórico-materialista de la traducción como la de
Meschonnic no puede aceptar que la concepción de la traducción haya
permanecido idéntica en un período de mil setecientos años. La historicidad de
cada traducción y de cada teoría implícita en ella exige que el analista
investigue su objeto como una actividad ‘translingüística’, o sea, en “un rapport
avec la langue comme système, avec un inconscient comme système, et avec
une idéologie comme système” (Meschonnic 1973: 19). Se puede, sin embargo,
buscar valores que perviven en el tiempo, pero hay que reconocerlos como
agentes distintos en cada época. Hay que periodicizar:
Chaque époque retraduit parce qu’elle lit et écrit autrement. Le
paradoxe provisoire de la traduction réussie (celle qui dure) est
celui de la nécessaire ré-énonciation (1973: 424).
Le texte est ce qui peut se ré-énoncer indefiniment avec une
spécification historique qui est chaque fois la variable d’un
invariant, par rapport à ce qui n’est plus jamais lu (1973: 55).
Si uno de los puntos polémicos de la traductología es la constitución de
una historia de la traducción, no menos problemáticas son la descripción de la
propia traducción, si es un arte, una habilidad o una ciencia (Bassnett 1980: 4;
Nida 1997: 55), y el consenso sobre la existencia de teoría(s) de la traducción.
Sin embargo, reconoce Bassnett, la cuestión de la terminología no contribuye a
un estudio sistemático de la traducción (1980: 5). En cuanto a la existencia o no
de teorías de la traducción, parece ser una cuestión más bien de definición de
términos y de choque de paradigmas.
En las primeras décadas del siglo XX, surge, con el desarrollo de la
traductología, una corriente de pensamiento cuya tesis es la de la ‘tradición
discontinua’, que propugna que no hubo teoría de la traducción hasta
aproximadamente el siglo XVI (Nida), o el siglo XVII (T. Steiner), o que hasta
hoy no la hay (Störig) (Rener 1989: 3-5). Una de las primeras teóricas en
defender esta tesis fue Flora Ross Amos quien, en 1920, escribe en el prefacio a
su estudio:
Those who give rules for translation ignore, in great majority of
cases, the contribution of their predecessors and
contemporaries… There has never been uniformity of opinion
with regard to the aims and methods of translation (1973: XXI).
Situándose en el extremo opuesto a esta tendencia, Frederick M. Rener
(1989) rechaza la creencia de que los antiguos “just translated” (Nida apud
Rener 1989: 5) sin considerar ningún tipo de normas aceptadas. Las
declaraciones y prefacios a traducciones parecen, al contrario, haber sido
escritos como una defensa por haber quebrantado la ley. Tales transgresiones
eran duramente censuradas por los críticos. Desde el sofista Zoilos (siglo IV
a.C.), crítico de Homero y prototipo del crítico maligno, la historia de la
traducción está llena de ejemplos de críticas a traducciones, además de la
repetición de fuentes en las justificaciones a determinadas formas de traducir.
Rener intenta mostrar que los varios siglos entre la Antigüedad clásica y el
siglo XVIII deben ser considerados como una unidad solidificada por una
fuerte tradición. El elemento unificador de esta tradición es una teoría del
lenguaje y de la comunicación común y una idea de traducción igualmente
compartida.
Aunque pueda ser considerado extremista por su generalización, el
pensamiento de Rener presenta una teoría que ofrece un instrumental para
análisis de las fuentes primarias sobre traducción que, en su mayoría, consisten
en tratados y prefacios de traducciones. Esta teoría – de la interpretatio – se
fundamenta sobre todo en dos artes liberales clásicas relativas a dos niveles del
lenguaje, la gramática y la retórica, según la teoría clásica. La teoría de la
interpretatio no es sino la teoría de la gramática y retórica clásicas
comprendidas como la concepción del lenguaje vigente desde la Antigüedad
griega y romana hasta el siglo XVIII y aplicadas a la traducción, donde la
interpretatio es su concepto-clave y su praxis; reflejo de toda una coyuntura:
las teorías romanas de la traducción, las cuales van a heredar la Edad Media y
el Renacimiento, representan, señala Rita Copeland, sólo uno de los aspectos
de un debate mucho mayor en los círculos académicos y críticos sobre la
relación entre los estudios de la gramática y de la retórica (1991: 9).
Se puede concordar con Rener acerca de la existencia de un elemento
unificador de casi dos mil años europeos, la gramática y la retórica en tanto que
teoría del lenguaje, si se concibe como una teoría general que conserva
determinados rasgos a través del tiempo, pero es fundamental reconocer
especificidades en la gramática y la retórica de cada período histórico para
entender las diferencias – y las hay – en la concepción del lenguaje entre los
siglos I a.C. hasta el XVIII. Discordamos de Rener, no obstante, cuando afirma
que la unidad de pensamiento a través de los tiempos deja de existir si
admitimos la especifidad de cada época. El pensamiento de una época está
siempre en deuda con su pasado, pero no por eso deja de presentar
características propias.
En el siglo XVI, la teoría gramático-retórica general sigue siendo la
teoría vigente del lenguaje, pero la cosmovisión, la forma de pensar, la
escritura, la producción literaria, la traducción presentan cambios respecto a los
períodos anteriores. La emulación, la imitación y la traducción se van
desarrollando y acompañan las transformaciones de sus tiempos. El desarrollo
de la imprenta, los descubrimientos, el fin del Imperio Romano del Oriente, el
cambio del paradigma ‘aristotélico ortodoxo’ al paradigma ‘mágico-animista’ –
según Turró (1985) –, el nacimiento de las ciencias, son algunos de los factores
que empiezan a preparar el terreno para la llegada de la modernidad. El hecho,
pues, de haber un incremento en la reflexión sobre la práctica traductora en
aquel siglo no es casual.
Algunos estudiosos, como G. Steiner, P. Newmark o J. C. Santoyo,
insisten en que la reflexión sobre la traducción, que comienza en el siglo I a.C.,
con Cicerón, ha perdurado hasta finales del siglo XVIII sin “evolución teórica
de ninguna clase”, porque “la reflexión teórica, stricto sensu, estaba ausente”
(Santoyo 1987: 9). ¿En qué contribuye la crítica negativa al conocimiento del
pensamiento reflexivo y la práctica de la traducción antiguos? El hecho de
tachar a los antiguos de ateóricos porque no pensaban como lo hacemos hoy es
un evidente etnocentrismo y no es argumento para ponerlos a todos en un
mismo plano y considerar sus reflexiones como iguales. A juzgar por el uso de
los mismos “lugares comunes, una y otra vez repetidos” (Santoyo 1987: 9) en
los textos antiguos, nosotros tampoco avanzamos mucho. Es difícil concebir
que la mentalidad del hombre del siglo XVIII sea igual a la del hombre del
siglo I a.C. En vez de hablar de “la reflexión teórica, stricto sensu”,
característica solamente de la cultura moderna, podemos hablar de la reflexión
teórica, lato sensu, e intentar descubrir en los textos antiguos las diferencias
existentes, que ciertamente están ahí, pese a la repetición de ciertos ‘lugares
comunes’. Si aceptamos que la práctica de la traducción es distinta a través de
los tiempos, tenemos necesariamente que admitir que la reflexión de tal
práctica también lo es, y que constituye una reflexión teórica, aunque
inconsciente. De manera que aquí, al hablar de teoría de la traducción en el
siglo XVI, lo hago lato sensu. Sin embargo, en el último capítulo intento
abstraer y ordenar como teoría stricto sensu el pensamiento sobre el arte de la
traducción dominante en aquel siglo, y lo hago sirviéndome de los esquemas
mentales de nuestros tiempos. No podría ser de otra manera. Por mi parte, estoy
convencido de que en el Renacimiento surgen no sólo las primeras reflexiones
de peso sobre la tarea traductora, sino que su concepción y práctica sufrió un
cambio tal respecto a los períodos anteriores, que sentó las bases de la moderna
traductología contemporánea. En esta misma dirección, Miguel Ángel Vega, al
evaluar algunos textos sobre la traducción en la Francia renacentista, expresa
una posición incluso contraria a la de los investigadores antes citados respecto
al mérito de las primeras reflexiones sobre la traducción:
Esa inicialidad o carácter primitivo no les resta eficacia
pragmática: la funcionalidad de estos decálogos supera con
mucho la de las meticulosas modelizaciones lingüísticas
actuales (Vega 1994: 731).
Otra de la razones que llevan a algunos investigadores a menospreciar la
reflexión producida en el pasado y a no percibir en la traducción del
Renacimiento “rien de franchement révolutionnaire ni en théorie ni en
pratique” (Chavy 1981: 298) es presentada por Paul Chavy al intentar justificar
su afirmación de que Étienne Dolet en Manière de bien traduire d’une langue
en aultre no produjo nada de nuevo, sino que prolongó viejas raíces del pasado
(1981: 291). Es que Chavy repasa los cinco preceptos establecidos por Dolet
señalando lo obvio. Dolet reproduce lo que es el objeto de la traducción porque
es inherente a la traducción; así lo hicieron los antiguos, los modernos, y así lo
hacemos nosotros actualmente. Chavy, aparentemente, no se dio cuenta del
cambio – entre otras cosas – que se producía en el Renacimiento, concerniente
a la cuestión de la teoría del lenguaje, de la retórica elocutiva, que subyace en
el texto de Dolet y le confiere importancia de transformación y novedad.
De otro lado, si Frederick M. Rener tiene el gran mérito de haber
investigado y releído las fuentes antiguas bajo la teoría gramático-retórica
general del lenguaje, otorgándoles una unidad supra milenar, nosostros
intentamos ahora rescatar la ruptura, sin perder la unidad. Y lo hacemos
releyendo fuentes primarias del XVI bajo la teoría retórica renacentista del
lenguaje, ofreciéndoles una unidad periodal específica no excluyente.