TRADUCCIÓN, RETÓRICA Y TEORÍA DEL LENGUAJE

TRADUCCIÓN, RETÓRICA Y TEORÍA DEL LENGUAJE
La producción y transmisión de la cultura es una conditio sine qua non
para la conservación y evolución de las sociedades y de la propia humanidad.
Esto se da por la lengua y por causa de la lengua – In principio erat Verbum
(Jo. 1,1 - Vulgata) –, un proceso social al que Bajtín nombró ‘dialógico’ – y
que se encuadra dentro de la propuesta de Erasmo para la traducción de Jo. 1,1:
In principio erat sermo (Norton 1988: 9) –. El dialogismo bajtiniano es,
fundamentalmente, la teoría de la relación de dos enunciados entre sí y/o de la
socialización humana. El yo, para Bajtín, sólo existe en diálogo2 con los otros
yos. El diálogo posibilita la producción y la reproducción3 de la realidad, esto
es, la aprehensión y conceptuación socio-convencional de lo dado naturalmente
y de lo producido culturalmente, y de los signos que la constituyen; el diálogo
es, pues, un principio de socialización, y presenta uno de los medios de
establecimiento cultural a través de la escritura. La traducción participa de la
historia de la escritura y comparte también una función social como productora
y transmisora de cultura, porque, amén de ser actividad de reproducción de
2 “Se puede comprender el diálogo, lato sensu, entendiendo con esto no sólo la comunicación verbal
directa y en voz alta entre una persona y otra, sino también toda la comunicación verbal, cualquiera
que sea la forma” (Bajtín apud Todorov 1981: 71).
3 Reproducción, aquí, no comporta un sentido de monólogo, lo que es prácticamente imposible bajo
la óptica de la teoría Bajtiniana por tratarse de un proceso social. Nada de lo que se relacione con lo
social (producción y reproducción del mundo social) puede ser monolítico, porque involucra la
interacción de indivíduos.
texto, “traduire un texte est une activité translinguistique comme l’activité
d’écriture même d’un texte” (Meschonnic 1973: 306).
“Toute pratique du langage implique une idéologie du langage”, afirma
Meschonnic (1973: 28), retomando a Bajtín – “On le lit, on le récrit. On part
de lui” (Meschonnic 1973: 191) –, quien ya mostrara la interacción entre
lenguaje e ideología e historicidad en Marxismo e Filosofia da Linguagem
(1992). La traducción es una práctica específica del lenguaje y participa en toda
concepción del lenguaje. Una concepción del lenguaje está vinculada
íntimamente a una cosmovisión, por lo que la transformación de una implica la
transformación de la otra. En la historia del pensamiento occidental desde sus
orígenes hasta el Renacimiento se cuentan tradicionalmente tres grandes
cambios en la forma de ver y entender el mundo, a los que tradicionalmente, así
como aquí, se denominan período Clásico, Medioevo y Renacimiento. La
concepción del lenguaje propia de cada período se expresa mediante códigos; el
conocimiento de estos códigos permite tratarla en cuanto teoría, y como tal
analizar la construcción de las prácticas lingüísticas.
La traducción en el Renacimiento, así como en cualquier otro período, no
puede ser tomada como una práctica lingüística aislada de otras expresiones
lingüísticas o sin consideración ante la teoría del lenguaje que subyace en ella
(Copeland 1991: 2), de manera que actualmente la investigación sobre una
práctica lingüística basada en su correspondiente teoría del lenguaje es una
conditio sine qua non para muchas áreas de investigación en Humanidades. En
lo que respecta al período que va desde la Antigüedad clásica hasta el siglo
XVIII, se da por sentado que el código base es la retórica; así lo reconocen
investigadores contemporáneos como Frederick Rener (1989), Luisa López
Grigera (1994) y Rita Copeland (1991), para citar algunos nombres. Una vez
dadas por sentadas estas tesis, la traducción, tanto en su práctica como en su
teorización, puede ser observada en cuanto una práctica lingüística que
reproduce en su subsistema los valores válidos para el gran sistema. De forma
que para el análisis de dichas prácticas lingüísticas en este período, no hay que
reconstruir su código, sino “descubrir cuál de sus sistemas operó como canon
en cada momento determinado” (López Grigera 1994: 18). Y el sistema
operador de la retórica renacentista es el de la elocutio (López Grigera 1994:
23), que se expresará en la concepción y práctica traductoras del período.
Dentro del marco de la retórica ‘elocutiva’ como teoría del lenguaje vigente en
el período, nuestro objetivo en este trabajo, lo reiteramos, es recuperar a partir
de algunos textos teóricos significativos de la traducción en el siglo XVI el
modo cómo se expresa y se reproduce su sistema lingüístico operativo para
componer una teoría general de la traducción renacentista, la de “la retórica de
la traducción”.
Investigar una teoría de traducción significa, por consiguiente, investigar
la teoría del lenguaje – y la cosmovisión que la produjo – subyacente en una
concepción traductora dada en un período determinado. La teoría
meschonniciana de traducción como texto, por ejemplo, pertenece a una teoría
histórico-materialista del lenguaje que sitúa la traducción dentro de la poética.
Escritura y traducción están así unidas a la teoría del lenguaje y participan de la
poética en tanto que “théorie de la valeur et de la signification des textes”
(Meschonnic 1973: 306), constituyendo una “poétique de la traduction”.
La teoría del lenguaje que Grecia y Roma legaron al Occidente, comenta
Frederick Rener (1989), concebía el lenguaje en tanto que un medio de
comunicación, oral o escrito, como un proceso mental, pero su modo de
operación seguía el patrón de las actividades físicas y tangibles, sobre todo los
métodos de trabajo usados en las construcciones y en la arquitectura. Esta
concepción arquitectónica del lenguaje posibilitaba que se separase la parte de
su conjunto, la palabra de la proposición. La operación común a la construcción
y al discurso era la suma de las partes – el estructuralismo moderno, en cambio,
mira hacia el modo de relación entre las partes –; ambos se construían y
deconstruían parte por parte. Cada componente del discurso era analizado
separadamente. Tal principio gobernó el análisis de toda la estructura del
lenguaje y está presente en la teoría de la traducción de la Antigüedad.
Esta teoría del lenguaje en sus principios generales, defiende Rener, ha
formado parte del sistema educacional en todos los países de Europa hasta el
siglo XVIII. Aunque hablaban lenguas distintas, las naciones europeas
pensaban en las mismas líneas y usaban la misma terminología que había sido
tomada y traducida del latín. Los traductores – porque son escritores – sufrieron
directamente la influencia y las consecuencias de esta teoría y, a pesar de sus
diferencias cronológicas, geográficas y lingüísticas, pertenecen a una misma
tradición (Rener 1989: 7).
El campo de la traducción se desarrolló en dos territorios. Por un lado,
fue considerado como una actividad literaria, y como tal estaba sujeto a las
reglas del lenguaje. Por otro, en su esencia, la traducción era concebida como
una operación más interpretativa que literaria, stricto sensu. La palabra griega
hermeneia y su equivalente latina interpretatio, que fue en la época clásica un
término técnico para traducción, son señales de esta concepción. Es interesante
observar que el término hermeneia, que significaba inicialmente expresión,
lenguaje, producción de un discurso, relación entre lenguaje y pensamiento,
significación, elocutio, cambia paulatinamente de sentido al mezclarse con
otras acepciones del término latino interpretatio: de la relación entre un texto
dado y sus lectores se extendió a las funciones intermediarias de explicación y
traducción, un ‘ir entre’, ‘mediar’ entre dos lenguas. De hecho, el sentido
básico de interpres es el de ‘agente entre dos partes’, ‘intermediario’,
‘negociador’ (Copeland 1991: 88). Retórica, hermenéutica y traducción están
pues ligadas entre sí en cuanto prácticas lingüísticas históricas.
La concepción del lenguaje y, consecuentemente, de la traducción como
interpretatio alcanza en el Renacimiento su cenit, antes de dar paso a un
importante cambio en el pensamiento, como lo fue el del racionalismo, donde
la interpretación da lugar a la representación. Veremos adelante cómo el
lenguaje es interpretación de los signos que ocultan las similitudes; conocer es
interpretar las semejanzas que subyacen en el objeto investigado; interpretar es
comentar. La traducción es interpretación, es comentario. La teoría renacentista
de la traducción es, a su vez, doblemente interpretativa, dado que interpretatio,
además de equivaler a ‘traducción’, es también la palabra clave de la teoría del
lenguaje en el siglo XVI. La traducción de entonces difiere de la traducción
medieval, que también es comentario, expresando una variación de perspectiva
en la comprensión de la retórica: la primacía que tenía la inuentio en la Edad
Media recae en el Renacimiento sobre la elocutio.
Una de las palabras clave de este trabajo, la retórica, debe aquí ser
entendida y clasificada en dos ámbitos: el primero, diacrónico, en tanto que
concepción del lenguaje desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, y en este
sentido la retórica se diferencia a lo largo de la historia a la vez que cambia la
concepción del lenguaje; el segundo aspecto, sistemático, en tanto que una
disciplina sistemática – desde un punto de vista moderno –, como uno de los
cinco studia humanitatis cultivados por los humanistas en el Renacimiento, que
es también la estructuración formal de la concepción del lenguaje, en donde se
revela lo común y lo universal, su naturaleza, partes y formas. Aunque el
humanismo constituya sólo un aspecto del pensamiento y del sistema educativo
renacentistas, como enfatiza Kristeller (1999: 12), es en este punto donde nos
detenemos – el de la retórica humanista renacentista – porque fueron
los humanistas quienes articularon discursivamente un pensamiento
contemporáneo relativo a la teoría de la traducción.
El problema de su definición se debe a que a lo largo de su historia el
término ‘retórica’ fue adquiriendo múltiples significados, pero, aunque
diferentes entre sí, siempre se mantuvieron interrelacionados porque fueron
incorporándose a los anteriores significados en distintos períodos y contextos.
Ha sido, pues, “definida o entendida como el arte de la persuasión, de la
argumentación probable, del estilo de la prosa y la composición” (Kristeller
1999: 11); sin embargo, podemos entenderla sumaria y genéricamente como “el
intento de explicar el proceso de la comunicación humana” (Murphy 1999: 33).
Abarcando varios campos, ha participado y se ha relacionado con materias y
disciplinas distintas como la teoría de la comunicación, la lógica y la dialéctica,
la gramática y la poética, la ética y la política, la filosofía y la historia…
Como teoría del discurso, era un instrumento de la política y de
la práctica legal. Como teoría del debate, se relacionaba con la
lógica y con la dialéctica. Como una teoría de la composición
en prosa, tenía nexos íntimos con la poética y la crítica literaria.
La retórica abordaba la gramática y la teoría y la práctica de la
historiografía. Como despertaba las pasiones y recurría a
sentencias morales, se la relacionaba con la ética y a menudo se
afirmaba que era una filosofía. Como programa de instrucción
avanzada, por siglos fue rival, y a menudo rival afortunado, de
la filosofía y las ciencias (Kristeller 1993: 284).
El estudio de la retórica desde su surgimiento hasta el Renacimiento
también suele ser dividido en tres fases, de acuerdo con los períodos de la
historia del pensamiento: la Antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento. En
cada una de estas fases, la retórica se presenta con características propias y
distintas; siendo la misma no deja de ser otra. Su pervivencia es fruto de su
transformación y adaptación.
En la búsqueda por descodificar la teoría renacentista de traducción es,
pues, fundamental recuperar el sistema operativo del código de la concepción
del lenguaje en el Renacimiento, o sea, de la retórica renacentista, ubicándolo
en su respectiva cosmovisión. Así que, en lo que sigue, intentamos presentar
una síntesis de la visión de mundo o mentalidad renacentista relacionándola
con su sistema retórico operativo. Sin duda, es una tarea que en su propuesta
exigiría un trabajo de investigación específico. Su bosquejo ahora refleja una
necesidad metodológica de situar mínimamente la teoría del lenguaje
subyacente en la ‘traductología’ renacentista.
La grandeza fundamental del Renacimiento se encuentra en su cambio
de pensamiento y forma de concebir el mundo. Es sabido que toda reflexión
orientada hacia un esclarecimiento sistemático del mundo en que se vive es
mediatizada por la cultura de donde se origina. La cultura renacentista
desciende de la Antigüedad clásica y del Medioevo. Empezamos, así, por
repasar brevemente algunos antecedentes del Renacimiento, aislando ciertos
momentos significativos concernientes a la historia del pensamiento y a la
retórica.4